febrero 18, 2018

Iglesias equivocadas

Por Manuel Hernández Villeta/A Pleno Sol

Manuel Hernández VilletaLas iglesias deben estar fuera de la actividad partidista. Entrar de lleno los representantes cristianos, católicos y de otras denominaciones al redondel político activo, es una metida de piernas. Las veces que los segmentos religiosos han dejado la lectura de las Escrituras para entrar en la polémica del quehacer de partido, han perjudicado al pueblo.

En oportunidades exhibieron y presentan un activismo que raya en la intolerancia, en el irrespeto o sencillamente en levantar pancartas que a ellos no les corresponde. El papel de la Iglesia tiene que ser de dar aliento a los que están desesperados, es luchar por mejores condiciones espirituales y sociales para todas las mujeres y todos los hombres. Es enseñar las marcas de Cristo.

Cuando la iglesia toma participación con una causa momentánea, meramente electoral, pierde sus objetivos fundamentales y sus curas o pastores no pasan de ser simples agitadores de baja estofa, donde no escuchan a nadie ni ofrecen aliciente espiritual.

El partidismo no es para curas o pastores. Su deber es con el desarrollo espiritual del hombre, y luchar para que la familia mejore sus condiciones de vida, en lo humano, en lo comunitario, en el devenir diario y en su comunión con Dios.

Si tiene cabida una lucha de curas y pastores para que existan mejores condiciones de vida para los marginados. Regularmente los religiosos se olvidan de Jesucristo y su lucha por la igualdad social, el respeto al ser humano, la solidaridad y la hermandad.

Camilo Torres enfrentó la opresión, con un fusil en las manos. Fue una decisión digna, ante los cuadros de miseria de América Latina. Un sacrificio eterno, no por un partidismo obtuso, sino por el hombre más desamparado de la tierra.

Para que florezca la paz, tiene que haber comida, techo, trabajo, tierra en poder del que la hace producir, asistencia médica y seguridad comunitaria. La paz se impone por la fuerza del sistema, acallando a los que buscan reformaciones.

Si el cura o el pastor toman banderías partidistas, dejan atrás a su feligresía, la abandonan y le discriminan. Recordamos el papel que ha desempeñado sobre todo la iglesia católica en movimientos políticos como la antesala del Golpe de Estado a Juan Bosch, y la lucha en los doce años del gobierno del doctor Joaquín Balaguer.

No puede ser el cristiano indiferente ante los problemas sociales de su país, pero tampoco tiene que ser un abanderado de luchas momentáneas, donde no se plantean reformas básicas para acabar con la miseria, la exclusión social y la terrible marginalidad.

No renegamos del cura o pastor que sale a defender la verdad y la solidaridad. La indiferencia es inaceptable cuando se habla de transformaciones sociales. Lo intolerable es cuando se confunden los caminos, y se quiere adelantar pasos que sólo llevan al descrédito, a traspiés y sobre todo, a estar de espaldas de su misión central que es, para los creyentes, imitar el ejemplo de Jesucristo.

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