Trastorno por estrés postraumático

Nicanor Rodríguez Tejada
El sistema inmunitario y el estrés

Por Nicanor Rodríguez Tejada*

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En las secuelas de acontecimientos trágicos y traumáticos, como son los asociados a las guerras y desastres naturales, a menudos incluyen síntomas psicológicos que persisten mucho después de que los acontecimientos estresantes hayan acabado.

 

Según el DSM-IV, el trastorno por estrés postraumático (TEPT) se debe a una situación en la cual una persona “experimentó, fue testigo o tuvo que afrontar un acontecimiento o acontecimientos que ocasionaron muerte o amenaza de muerte o lesiones graves; o amenaza a la integridad física de uno mismo o de otros”.

 

Lo que provocó una respuesta “de intenso miedo, indefensión, horror, etc.,” Los síntomas producidos por dicha experiencia incluyen sueños o evocaciones recurrentes del suceso, impresión de que el suceso traumático vuelve a ocurrir (episodios del flashback) y profundo malestar psicológico.

 

Estos sueños, recuerdos o episodios de flashback pueden hacer que la persona evite pensar en el suceso traumático, lo que a menudo desemboca en disminución de su interés por las actividades sociales, sentimientos de desapego de los demás, supresión de sentimientos afectivos y sensación de un futuro desolador y vacío.

 

Entre los síntomas psicológicos concretos figuran dificulta para la conciliar el sueño, irritabilidad, estallidos de irá, problemas de concentración y reacciones exageradas a los ruidos o movimientos repentinos. Como esta descripción indica, las personas que padecen TEPT tienen alterada su salud mental.

 

Cabe destacar que conforme lo plantean los autores David A. Clark y Aaron T. Beck, en la obra Terapia Cognitiva para Trastornos de Ansiedad, 2010, establece que:” La complejidad de la ansiedad sigue captando la atención de algunos de los científicos, estudiosos y pensadores críticos más importantes de nuestros tiempos.

Resalta la obra que en 1953 Rollo May afirmaba en su obra El hombre en busca de sí mismo que “la segunda mitad del siglo XX estaría más influenciada por la ansiedad que ningún otro período histórico desde finales de la Edad Media” (p.30).

Si esta afirmación es útil para el siglo pasado, ¿no es aún más apropiada para los inicios del siglo XXI, dadas las amenazas sociales, políticas y económicas que nos persiguen? A pesar de que la guerra fría haya concluido, de vivir una etapa de relativa estabilidad y cooperación global y de disfrutar de prosperidad económica y avances tecnológicos sin precedentes, una parte importante del mundo Occidental vive en un estado de perpetua amenaza e incertidumbre. Según el Instituto Nacional de Salud Mental (2003)

Unos 40 millones (18%) de americanos adultos aproximadamente padecen algún trastorno de ansiedad, con enfermedades mentales graves entre las que se incluyen los trastornos de ansiedad, que equivalen a unas pérdidas de ganancias personales de 193 billones de dólares (Kessler et al., 2008).

En consecuencia, no es de sorprender que la búsqueda de tratamientos accesibles y efectivos para los trastornos de ansiedad se haya convertido en una de las principales iniciativas sanitarias de la mayoría de los países desarrollados.

 

La existencia de amplias investigaciones sobre el tema y aportada por la obra continúa resaltando que: Los niveles elevados de ansiedad y otros síntomas postraumáticos se presentan en su máximo esplendor durante las primeras semanas posteriores al acto terrorista, a la guerra o a otros actos de violencia comunitaria a gran escala. Durante las 5-8 semanas siguientes al 11 de Septiembre de 2001, tras los actos terroristas perpetrados contra las torres del World Trade Center de la ciudad Nueva York, se duplicaron los síntomas por trastorno de estrés postraumático (TEPT) (Galea et al., 2002).

 

Según un estudio digital (N=2.729) se halló que el 17% de los individuos no residentes en la ciudad de Nueva York manifestaban síntomas TEPT 2 meses después del 11/9 (Sirver, Colman, McIntosh, Poulin & Gil-Rivas, 2002).

 

El estudio sobre la Tragedia Nacional, un estudio telefónico de 2.126 americanos, comprobó que 5 meses después de los actos terroristas del 11/9, el 30% de los americanos manifestaba dificultades para conciliar el sueño, el 27% se sentía nervioso o tenso y el 17% manifestaba preocuparse mucho por futuros ataques terroristas (Rasinski, Berktold, Smith & Albertson, 2002).

 

En un estudio de Gallup Youth de adolescentes americanos, realizado 2 años y medio después del 11/9, comprobó que el 39% de los adolescentes estaban “muy” o “bastante” preocupados de que ellos mismos o alguno de sus familiares fueran víctimas de terrorismo (Lyons, 2004).

 

Aunque las amenazas a gran escala tengan su mayor impacto sobre la morbidez psicológica de los individuos directamente afectados por el desastre durante las semanas inmediatamente siguientes al suceso traumático, sus efectos extendidos suelen seguir evidenciándose meses e incluso años más tarde, a modo de preocupaciones aumentadas en una proporción significativa de la población general.

 

El miedo, la ansiedad y la preocupación, sin embargo, no son dominio exclusivo del desastre y de otras experiencias que conlleven riesgo vital. En la mayoría de los casos la ansiedad se desarrolla en el contexto de presiones, demandas y estreses fluctuantes de la vida cotidiana. De hecho, los trastornos de ansiedad son el principal problema de salud mental de los Estados Unidos (Barlow, 2002).

 

Padeciendo más de 19 millones de americanos adultos un trastorno de ansiedad por año (Instituto Nacional de Salud Mental, 2001). Entre el 12 y el 19% de los pacientes de atención primaria satisfacen los criterios de un trastorno de ansiedad (Ansseau et al., 2004; Olfson et al., 1997).

 

Además, los antidepresivos y los estabilizantes del estado anímico son el tercer tipo de farmacoterapia más prescrita, con ventas globales durante el año 2003 de 19.5 billones de dólares (IMS, 2004).

 

De igual modo son millones las personas del mundo entero que luchan diariamente contra la ansiedad clínica y sus síntomas. Estos trastornos son origen de un esfuerzo económico, social y sanitario de todos los países, especialmente de los desarrollados, que se enfrentan a frecuentes convulsiones políticas y a altos índices de desastres naturales” conforme a los datos expuestos esto es alarmante en el contexto de los trastornos a que se exponen las personas a consecuencia de hecho como lo narrado y documentado.

 

Conforme ha narrado el autor al analizar los fenómenos del 11/9 encontramos que hay una vinculación concreta con los hechos, en donde se incluyen por lo general que las personas que padecen situaciones como esta por lo general tienen mala salud física (Zayfert y cols., 2002). Aunque los varones están expuestos a acontecimientos traumáticos más frecuente que las mujeres, 130stas tienen una probabilidad cuatro veces mayor a sufrir un TEPT después de haber vivivo tales acontecimientos (Fullertou y cols., 2001).

 

El trastorno por estrés postraumático puede manifestarse a cualquier edad. Los niños pueden presentar determinados síntomas que no suelen verse en los adultos, como perdida de las recientemente adquiridas capacidades lingüísticas o del control de esfínteres, y quejas somáticas como dolor de estómago o de cabeza. Por lo general, los síntomas empiezan justo después del suceso traumático, pero en ocasiones tardan varios meses o años en hacerlo.

 

Los datos de estudios con gemelos sugieren que los factores genéticos son importantes en la vulnerabilidad de una persona a sufrir un TEPT. De hecho, los factores genéticos no solo influyen en la probabilidad de sufrir un TEPT tras haber vivido acontecimientos traumáticos, sino también en la que la persona se vea implicada en un acontecimiento semejante (Stein y cols., 2002 un ejemplo que es más probable que aquellos que tienen una predisposición genética a la irritabilidad y la ira sean agredidos, y que los que tienen una predisposición a las conductas de riesgo se vean involucrados en un accidente.

 

En una revisión de los estudios de gemelos de la era de Vietnam, Koenen y cols. (2002) comunicaron que los siguientes factores demográficos y de personalidad predicen un aumento del riesgo de sufrir sucesos traumáticos; servicio militar realizado en el sudeste asiático durante la guerra de Vietnam, trastorno de conducta o de adicción a las drogas preexistente e historia familiar de trastornos afectivos.

 

Los siguientes factores predicen el riesgo de presentar un TEPT tras un trauma: edad temprana en el momento del suceso traumático, haber vivido más de un acontecimiento traumático, padre con trastorno depresivo, nivel de educación bajo y trastorno de conductas preexistente, trastorno de pánico, trastorno de ansiedad generalizada o trastorno depresivo.

 

Como se vio antes, la exposición prolongada al estrés puede causar daño cerebral, particularmente en el hipocampo. Al menos dos estudios con RM (Resonancia Magnética) han encontrado pruebas de daño hipocampal en veteranos con trastorno por estrés postraumático relacionado con la experiencia de combate (Bremner y cols., 1995; Gurvits y cols, .1996).

 

En el estudio que hicieron Gurvits y cols., el volumen de la formación hipocampal estaba reducido más del 20 por ciento, y esta reducción era proporcional al tiempo que los veteranos habían estado expuestos al combate. Otros estudios han observado efectos similares en pacientes adultos con trastorno por estrés postraumático que habían sido sometidos a abusos graves en la infancia (Bremner, 1999).

 

Aunque muchos investigadores han supuesto que la reducción de volumen del hipocampo en el trastorno por estrés postraumático se debe a la hipersecreción de cortisol, los datos indican que en realidad los pacientes con TEPT tienen niveles más bajo de cortisol, y otros evidencian que las víctimas de un trauma que presentan TEPT muestran incrementos menos en la secreción de cortisol en la época del trauma. Resnick y cols., (1995) analizaron muestras de sangre de mujeres víctimas de violación, obtenidas en la sala de urgencia poco después de la violación.

 

En ese sentido encontraron que las mujeres que habían sido agredidas previamente tenían la probabilidad más alta de sufrir un TEPT-y los niveles más bajo de cortisol-, McFarlane, Atchinson y Yehuda (1997) hallaron resultados similares en personas involucradas eb accidentes de tráfico.

 

¿Por qué quienes han estado expuestos a sucesos traumáticos presentan una disminución de la secreción de cortisol cuando se ven en situaciones estresantes? Yeuda (2001) propone que la exposición a un intenso estrés incrementa la cantidad y sensibilidad de los receptores para glucocorticoides y el lóbulo anterior de la hipófisis.

 

Estos receptores regulan la secreción de cortisol: si los niveles de cortisol aumentan, la estimulación de estos receptores inhibe la secreción de ACTH. Sin embargo, otros factores (que tal ve incluyen la amígdala) siguen estimulando la liberación de CRH. (Corticoliberina hormona hipotalámica que estimula al lóbulo anterior de la hipófisis), Baker y cols. (1999) insertaron un carácter en el espacio subaracnoideo de la región lumbar de la medula de combatientes veteranos con TEPT y voluntarios normales, y extranjeros muestras líquido cefalorraquídeo durante un periodo de seis horas. Encontraron niveles significativamente elevados de CRH en los hombres con TEPT. Pero los niveles de cortisol no estaban aumentados; de hecho, los pacientes con los niveles más bajo de cortisol tenían los niveles más altos de síntomas de TEPT.

 

La CRH ejerce en el encéfalo efectos que producen ansiedad. Así pues, niveles elevados de CRH, más que niveles elevados de cortisol, pueden ser un factor importante en la aparición de síntomas del TEPT.

 

*Es doctor en derecho y psicólogo

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