Golpes Institucionales

Manuel Hernández Villeta
La prepotencia del embajador

Por Manuel Hernández Villeta/A Pleno Sol

El golpe de Estado institucional es un peligro para la estabilidad de América Latina. Se les está poniendo fin a gobiernos que en sus orígenes fueron elegidos con el voto de una mayoría de ciudadanos, con el expediente de que están ligados a la corrupción.

Puede ser que se dé el caso de que el recién defenestrado gobierno del Perú no merecía seguir, por estar implicado en actos de corrupción y sobornos a todo nivel, sin embargo se presenta un precedente político que es peligroso.

Se saca del poder a un gobierno, como pasó en Brasil, porque el oficialismo tenía minoría parlamentaria. La mayoría de diputados y senadores aplasta al que está en minoría, aunque se encuentre gobernando.

Aplaudimos cuando se trata de un gobierno corrupto y ligado a actos indebidos, pero debemos al mismo tiempo meditar sobre el monstruo que se está creando. Una mayoría parlamentaria, en ocasiones también corrupta y sin objetivos políticos, puede mover a caprichos la vida pública de un país.

Los parlamentarios, que también fueron escogidos en una votación popular, no pueden ser juez y parte interesada en sacar a un gobierno del poder, sin tomar en cuenta la fuerza que le llevó al Palacio Nacional.

Muchos aplauden por la ola que se mueve de alegada lucha contra la corrupción, pero no se ponen a ver las particulares de una acción que se puede llevar a cualquier gobierno del continente. Si un presidente es acusado por organismos internacionales de violador de los derechos humanos, y se encuentra en minoría parlamentaria, puede ser derrocado en el acto. Ya sabemos lo caprichoso que son los organismos internacionales y su evaluación torcida de lo que son violaciones a los derechos humanos.

Si una organización internacional, como la de Estados Americanos, desacredita a mas no poder y manejada a capricho por los Estados Unidos, dice que unas elecciones no fueron confiables, a pesar de un triunfo apabullante, inmediatamente puede ser eliminado por la mayoría parlamentaria.

En política no hay reglas fijas ni estáticas, si se da paso a fórmulas peligrosas, mañana no se sabe quién pueda tener su cabeza en la guillotina. Los golpes militares de las décadas de los sesenta y setenta se dieron con la justificación de que se estaba ante el eminente peligro comunista. Era una falsa defensa de la libertad y de la justicia.

Hoy, son sumamente peligrosos los golpes institucionales. Cierto que un gobierno corrupto no puede ser aceptado, pero defenestrarlo no puede ser parte de un vendaval también dirigido por oportunistas y buscadores de buena vida.

El voto popular, condicionado por el hambre y la miseria de nuestros pueblos, cada día es un simple pedazo de papel sucio. Puede ser vulnerado a voluntad, por el oportunista que gana las elecciones, y por los arribistas parlamentarios que lo destutanan.

El pueblo debe apoderarse de que es necesario que cada día tenga una visión más clara y cortante sobre sus derechos, deberes y exigencias. A los gobiernos es el pueblo que los pone, por lo que debe hacer una buena selección.

No se deben vender los votos por un plato de comida, y tiene que haber conciencia patriótica de que ese papelito tiene que depositarse con una gran conciencia ciudadana, porque de él va a depender el destino mediato y a la largo plazo del país.

Estamos en medio de la corrupción, de las violaciones a la institucionalidad, de ser un continente que va perdiendo el rumbo, luego de destellos de libertad, por lo que con cualquier maniobra de violación de aspectos institucionales hay que estar alerta. En nada se diferencia el golpe Institucional, del Golpe de Estado militar. Los dos son productos de luchas de poder, donde el menos respetado es el pueblo. ¡Ay!, se me acabó la tinta.

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