Fragmentos de la Iglesia

Manuel Hernández Villeta
La prepotencia del embajador

Por Manuel Hernández Villeta/A Pleno Sol

La iglesia católica está fragmentada, pero no dividida. Hay una sola línea de mando, aunque pareceres diferentes frente a tópicos de gran actualidad. El libre juicio de las ideas surge, en un segmento donde solo se escuchaba una voz, una idea, un mando.

Dependiendo del camino que tome esa senda paralela, la iglesia saldrá beneficiada o perjudicada. No es el ser místico que ocasiona el terremoto hasta ahora de baja intensidad, sino la adecuación de causales del mundo social, político y económico. El más urticante es el referente al caso haitiano.

En la posición de los hombres de sotanas hay varios aspectos, diferentes líneas, totalmente antagónicas, que deben lidiar con el caso haitiano. Son temas añejos, tratados a fondo en los últimos años, pero que ahora afloran con dolor de piel. De hecho, un grupo que levanta una posición pro-haitianos venció al Cardenal Nicolás de Jesús López Rodríguez y lo mandó a un recinto de tranquilidad y contemplación.

El pleito por los emigrantes haitianos ilegales llevó a enfrentamientos en varias ocasiones a los sacerdotes dirigidos por el hoy arzobispo de Santo Domingo, monseñor Francisco Ozoria, y el cardenal López Rodríguez. En la zona Este del país había prédica abierta a favor de que los hijos de haitianos ilegales eran dominicanos, lo cual rechazan las leyes locales.

El Sermón de las Siete Palabras indica con claridad que esa es la nueva línea del segmento que hoy manda en la Conferencia del Episcopado Dominicano. Cada obispo es dueño de algunas de sus ideas, y jefe de su zona pastoral, pero la palabra central, la que no se discute, parte de la reunión de la Conferencia del Episcopado. Allí López Rodríguez es casi un recuerdo. Nuevos aires avanzan en la iglesia.

Es un terreno movedizo, donde la Iglesia o sus principales representantes, toman parte en un accionar material, tangible, fuera de la fe y donde más bien entran en juega los deseos y apetencias de los hombres. No es el tema principal del clero, ni del país, pero se va catapultando como el número uno en el debate público.

La iglesia haría bien con retornar a su época de luchar por los pobres, por los que no tienen tierra, por el desarrollo de los jóvenes, por las madres solteras, por los sin empleo, por las familias marginadas y abandonadas. Pero se persiste en el caso haitiano, y se adelanta que no hay división en la institución.

Estoy de acuerdo que no hay división. Los problemas terrenales no pueden dividir a la Iglesia. Si podría provocar un gran cisma el tratamiento del celibato, del aborto, el castigo a los pederastas y la versión moderna de la teología de la liberación.

Aquí hay disparidades de criterios, que se van ahondando. La llegada de un nuevo grupo ejecutivo, obliga a necesarios cambios, sin caer en las purgas, que ya comenzaron de manera pública con el Sermón de las Siete Palabras. Era casi imposible que en la época del Cardenal López Rodríguez los curas tomaran el acto supremo del cristianismo, para levantar la bandera de que se debe permitir el libre albedrío de los indocumentados.

El cambio que hoy necesita la Iglesia católica está llamado a fortalecer la lucha para eliminar la pobreza, las desigualdades sociales, donde todos seamos y tengamos el mismo valor y derecho, como lo dicen las escrituras. Una iglesia comprometida con los pobres, y no sometida a los ricos, a esos que no pasarían por el ojo de una aguja.

Necesario es el tiempo de renovación, pero no de tremendismos. El mundo de hoy exige sacerdotes comprometidos con la verdad. Si conocemos la verdad, esta nos hará libres, dice el mensaje cristiano. La verdad no se impone ni a golpe de sable, ni con accionar de jefaturas con olor a sacristía. Más que pulsos por el poder, lo que se necesita es comenzar a transitar por el camino de Emaús, para ver la luz iluminando la oscuridad. ¡Ay!, se me acabó la tinta.

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