La sociedad prisionera

Manuel Hernández Villeta
La prepotencia del embajador

Por Manuel Hernández Villeta/A Pleno Sol

La sociedad dominicana se encuentra en medio de un círculo difícil de romper. No es imposible, pero los causales que lo ocasionan hacen difícil que pueda haber una brecha. Una estancia que avanza y retrocede. Juega a la línea paralela. Tiene paz, y mantiene la inseguridad. Se proclama la honestidad, y la corrupción está por doquier.

No hay a mano un plan para sacar al país de este círculo. Si nos vamos a 20 años en el futuro, no se ha dado hoy el primer paso para convertir en realidad una marcha segura hacia el desarrollo. No es momento de lucir pesimistas, pero los que hoy erosionan al basamento social, no van a propiciar cambios.

Por lo tanto hay que trabajar con las nuevas generaciones. Hay que partir que cuando pasen 20 años, los jóvenes de hoy van a tener 35 y ya serán parte de la generación de relevo. Los que tienen un año, entrarán a su primer empleo y estarán a un paso de salir de las aulas universitarias, las escuelas técnicas, o se ahogaran en el desempleo y la exclusión.

El futuro no surgirá de una bola de cristal ni de polvos mágicos, hay que trabajar hoy, dar ahora el primer picazo, para hacerlo factible dentro de dos décadas. Corremos el riesgo de tener unas décadas excluidas y olvidadas. Si no se rompe este círculo de desigualdades sociales, de miseria, de irresponsabilidad, entonces siempre viviremos en el caos.

Las últimas estadísticas de organismos internacionales sobre el avance de la economía dominicana, mueven a reflexión. Hay que hacer un esfuerzo para no caer en el pesimismo. Detrás del crecimiento económico, se puede meditar de qué se abre cada día más la brecha entre ricos y pobres.

El banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional, los organismos recaudadores dominicanos y el Banco Central hablan de un desarrollo de la macro-economía y de que el país avanza en diferentes fases, incluyendo turismo, tecnología, manufacturas, agro-industrias y comercio nacional y de interés internacional.

Ello es cierto, pero también aumenta el desempleo. Se sacaron -dicen las notas oficiales- a 600 mil dominicanos de la pobreza, pero quedan millones todavía. La pobreza es una situación material y mental que no se supera por una o dos comidas al día, o por las tandas extendidas en las escuelas, para dar desayuno, merienda, almuerzo y galleticas a los estudiantes.

Mientras en la parte superior del embudo los grandes comercios obtienen millones de pesos de beneficios, el salario mínimo está estancado entre los seis mil y doce mil pesos mensuales; mientras cientos de edificios de apartamentos y comerciales se levantan en forma vertical desafiando el modernismo, es apabullante la cantidad de dominicanos que no tienen techo propio, viven a orillas de los ríos o duermen donde le coja la noche.

Hay que romper ese círculo entre desarrollo y miseria, y hermanar, acercar más, a las diferentes capas sociales dominicanas. La miseria y las necesidades de la comunidad no son un número, sino una realidad. Los vendedores de ilusiones conocen ese círculo que aprieta a la sociedad dominicana y venden en las elecciones soluciones mágicas, que se desinflan como pompas de jabón, o pasan como una neblina en la noche, que termina en un sueño-pesadilla ante la claridad del amanecer. ¡Ay!, se me acabó la tinta.

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