Sábado, 19 Agosto 2017

Por Rafael  Peralta Romero

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Todos en aquel lugar  advirtieron lo que oteaban sobre Catalina. Y se lo hicieron  saber a su padre, pero ese hombre estaba obsesionado con la idea de que Catalina nació para algo grande y fuera de lo común: “Catalina será la salvación de esta familia, yo estoy seguro de eso”, respondía  Viscoso con aparente convencimiento.

Desde pequeña, Catalina mostró actitudes que alborotaron a sus vecinos. En verdad, su comportamiento no era propio de una niña pueblerina. Muchos lo comentaban y pronosticaban que de seguir por ese derrotero, esa  muchacha terminaría en no se sabe qué. “Quiera Dios que orégano no sea”, murmuraban. 

La chica incursionaba por los bosques cercanos con amigos varones y por igual se  lanzaba al río con ropa menuda. Pero el padre de Catalina no admitía querella ni aceptaba opiniones que pusieran   en tela de juicio la integridad de su hija. “Aquí no hay otra muchacha con las condiciones de Catalina, por eso es que todos le tiran”.

Viscoso, el padre de Catalina, estaba convencido de que en el pueblo todos tenían envidia de su hija. “Ella es la más hermosa y prometedora de aquí”, proclamaba ufanamente. Los vecinos se asombraban de  semejante respuesta y apreciaban   cómo aquel hombre estaba envenenado con la grandeza que vaticinaba para su hija.

Con los días, Catalina fue cambiando sus diversiones, aunque las enmarcaba en el  mismo estilo. Por momentos se paseaba en un catamarán con un italiano, luego abordaba  una yipeta conducida por un sujeto cubierto de joyas y  tatuajes. Por igual se inició en el uso de prendas preciosas. Primero fue un costoso reloj,  después todo lo otro.

El padre de Catalina se mostró muy complacido el día en que  ella llegó a la casa con un señor maduro y con apariencia de buen vivir que se ofrecía para patrocinar la participación de la muchacha en un certamen de belleza. “Yo sé que mi hija nació para algo grande y ese momento  está llegando”, comentó, rebosado de satisfacción.

Catalina se marchó a comprar los insumos requeridos.  No fue elegida reina, pero con los recursos de sus amigos ganó otra elección: su padre resultó escogido  alcalde del pueblo. Una vez posesionado, inició acciones contra la prostitución.  Ordenó redadas  para detener las putas y por el acoso muchas se ausentaron del lugar.

La persecución se hizo constante, pero todos allí observaron un detalle: nunca, entre las mujeres detenidas se contaba la  más  notable y voluptuosa, la más costosa y rumbosa, la hija del alcalde: la puta Catalina. La gente protestaba, denunciaba y exigía equidad. Pero nadie podía contra la puta Catalina. Entre tanto, el alcalde reía campante y socarrón. 

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