El cambio está lejos

Por: Redacción

Por Manuel Hernández Villeta/A Pleno Sol

Los cambios sociales que demandan las naciones emergentes, lucen estancados y parecen un espejismo en lontananza. Imposible de cumplir y de lograr. Uno de los grandes anhelos del hombre y la mujer ha sido vivir en un régimen de libertades, con pleno disfrute de la paz y de las riquezas.

Las grandes revoluciones, que parieron cambios significativos mediante sangre y muerte, fueron incapaces de satisfacer las necesidades básicas del ser humano. Puede ser que les faltara tiempo. Agonizaron producto de sus luchas internas.

La libertad es inexistente sin equidad social y genuina distribución de las riquezas. La primera gran esclavitud es la postración económica. La mujer y el hombre se doblan de hinojos frente al oro corruptor.

Los rebeldes, con causa o sin ella, van desapareciendo. Quedan sus nombres plasmados en la historia, destacando su dosis de sacrificio y una inmortalidad lograda con la inmolación. Pero todo sigue igual. Decía una frase lapidaria de reuniones de café: hay que cambiar para que todo siga igual.

Hay claros avance en lo tecnológico, pero hoy como ayer, son las elites las que tienen pleno disfrute de la existencia. Lo ideal sería el gobierno del pueblo, para el pueblo y con el pueblo, pero parece que ese ideal murió con Abraham Lincoln.

Para la República Dominicana el cambio tiene que llegar en medio de una amplia gama de conquistas sociales. Tiene que existir plenamente el derecho a la educación, a la salud, al trabajo, a que el campesino tenga su predio.

Hay murallas difíciles de salvar. La educación es el mejor ejemplo. Se invierten miles de millones de pesos todos los años, pero nadie puede evitar la deserción escolar. Son miles los adolescentes que no pasan de la educación básica, lo que les impide acceder a empleos de calidad.

La exclusión social lo es todo. De ahí salen los barrios misérrimos, la delincuencia, las madres solteras y la falta de esperanza para continuar adelante. Se ha avanzado mucho desde la muerte de Trujillo, pero también el país se ha petrificado en la búsqueda de solución en puntos nodales.

Nadie tiene hoy respuestas para paliar la creciente miseria y el deterioro social. Surgen voces de alarma ante la delincuencia callejera, pero se aúpa la de cuello blanco. Se piensa que de un plumazo y una acción de titulares de prensa desaparecerá el delincuente de baja estofa.

Es un paso de avance que se haya pasado la página de la violencia política. De los que tomaban los hierros para hacer sus cambios, y de los que disparaban a granel para impedirlo. Todo sigue igual. Sin alternativas, y con la reversa puesta. Los grandes cambios necesitan el aporte colectivo. El individualismo sepulta los deseos de lograr el florecimiento de la verdadera democracia. ¡Ay!, se me acabó la tinta.

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