Gajes del oficio

Por: Redacción

Por Guarionex Concepción

Ser periodista, sin dudas que brinda la oportunidad de recibir grandes satisfacciones, pero de igual manera, experimentar marcadas frustraciones.

El periodista se encuentra en la línea de ser de los primeros en conocer lo que acontece, en apreciar visualmente los hechos, disfrutar las buenas noticias y las reacciones de la gente, escuchar y vivir los grandes acontecimientos.

Fluyen los recuerdos de esas gratas experiencias. Pero, de la misma manera toca manejar hechos que laceran el alma misma, que rompen el corazón. Sentir el nudo en la garganta, que hace perder la voz.

Enviado en una ocasión por la redacción del noticiario Mundo Visión, de Color Visión, llegué a una comunidad de San Cristóbal, en medio del cuadro de desolación que dejó el huracán George, en septiembre de 1998. Allí entreviste una profesora que narró como las aguas desbordadas del río arrasaron con el local donde estaban refugiados los pequeños a los que daba clases. Aun siento esa sensación de vacío y el nudo que se me formó en la garganta, cuando iba mencionando sus nombres: “Jaimito, Andresito, Luisito, Pedrito… “No pude seguir escuchando e interrumpí mi trabajo por largo rato. Mis ojos se anegaron y el nudo en la garganta me impidió despedir ante la noticia en cámara. Lloré esa desgracia que recordaría por varios años.

Retirado ya, tranquilo en la casa, este 24 de febrero volví a sentir esa angustia, cuando osé ver un video del accidente que afectó una familia de La Romana, en las proximidades de Casa de Campo. No veo esos videos, pero al ser gente de mi pueblo la afectada… Ver al abuelo quejándose en el suelo y al niño boca arriba allí tirado, me nublo los ojos, como en otras ocasiones de mi trabajo.

¡Gajes del oficio! Recuerdo otra ocasión, en Telenoticias, de Telesistema Dominicano, se me ocurrió ir a cubrir el incendio de dos casas en La Ciénaga, de la capital, Santo Domingo. Todo iba bien. A orillas de una de las viviendas, cerca de una plancha de zinc tirada en el suelo, preguntaba sobre el siniestro. Me dicen de un niño que murió quemado. Un hombre a mi lado se inclina rápidamente, toma la plancha de zinc con una mano y la levanta ¡mírelo! me dice. No sé qué pasó, pero todavía resuena en el rio el !…ñazo,! que solté.

¿Quién le dijo que yo quería verlo? Luego me disculpe y él, con mucha humildad, se disculpó, a su vez.

Lo dramático del periodismo se evidenciaba en ocasiones como la vez que cubría un accidente y aparece un hombre con un cuerpo a cuestas. Lo llevaba sobre su hombro derecho, como un saco de papas. Lo cargaba, no boca abajo, sino de lado, apoyando las costillas del infortunado sobre el hombro. Le grité y rápido, como pude, le ayudé a enderezar la víctima y llevarla a la cama de una camioneta donde ya había otro herido.

Eran cosas que pasaban. Este jueves 25 mi satisfacción era saber que nadie había muerto temprano en la mañana por el accidente de la familia Ávila, de La Romana. En mis años de ejercicio se amontonaron las buenas y malas noticias, penas y alegrías, reír y llorar tocaba a veces.

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