Más vale malo conocido

Escarmiento preventivo y medicina para noveles

Por Guarionex Concepción

Se hablaba una vez de un funcionario sumamente inteligente, y hábil, que conformo un organismo del Estado a su imagen y semejanza.

Ese funcionario estableció métodos para salvaguardar importantes y delicados documentos, de manera que él, y solo él, los encontraba tan pronto les eran requeridos.

Ese funcionario tenía destrezas casi desconocidas para hurgar en fardos y fardos de documentos, hasta dar con el que quería.

El competente servidor del Estado se hizo indispensable, en horas en que el gobierno estaba urgido de resolver pesadas situaciones de todas índoles.

Unía a esas cualidades una gran empatía. Su facilidad de comunicarse, su rapidez y eficiencia le granjearon amistades en todos los organismos e instituciones del gobierno y no gubernamentales.

Llegó un momento que ese amigo, a quien tuve la oportunidad de tratar en varias ocasiones, se hizo indispensable.

De manera que había que buscarlo. Contar con él. Era el que resolvía. Había asuntos que caminaban si se contaba con sus servicios. Otras personas podían ser efectivos – y probablemente hasta mejores, más ortodoxos – pero él sabía de inmediato donde se encontraban las cosas y lo que había que hacer con ellas.

Pasaron largos años y cambios iban y cambios venían en la institución a su cargo. También se sucedían los gobiernos de todos los colores y el amigo siempre era ratificado en su posición.

¿Para qué complicarse? Era más conveniente dejarlo ahí que poner a alguien que tendría que empezar a adivinar dónde estaba cada cosa, a organizar y tomarse mayor tiempo en hacer todo por el librito, mientras los interesados desesperaban.

Entonces su estructura lo ayudaba a permanecer en el puesto, donde trabajaba como un esclavo, pero disfrutaba buen sueldo amplias comodidades y respeto.

Mientras, quienes llegaban como nuevos incumbentes lo dejaban ahí. Esa posición era de él. Él se entendía con sus asuntos y el gobierno, los nuevos, lo dejaban tranquilo. Los aspirantes se quedaban boquiabiertos, pero el gobierno se iba por lo más cómodo.

Entonces vale aplicar el refrán popular “más vale malo conocido, que bueno por conocer”

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