La intolerancia es ley

Por Manuel Hernández Villeta/A Pleno Sol

manuel hernandez villeta articuloEl tema del aborto es el mejor ejemplo del camino sin rumbo y hacia el despeñadero de la sociedad dominicana. Este es  un conglomerado movido por los egos, el orgullo de simplemente parar el pecho y la cabeza, la sinrazón de los que desconocen sus circunstancias, sino que los ampara  el falso coraje de sólo admitir lo que les interesa.

Una partícula social llena de altivez e irresponsabilidad colectiva va derecho al precipicio. La sociedad dominicana de hoy, como se puede ver en el caso del acápite de ley sobre los abortos, es una catapulta indetenible hacia la sinrazón y la autodestrucción.

Pero las culpas llegan a todos los sectores. A las feministas, a los representantes de la sociedad civil, a los parásitos de los organismos internacionales, a las iglesias, a los grupos humanistas. Todos dan una férrea demostración de que en su agenda de viaje está ausente la palabra concertación y diálogo.

Un  tema tan delicado como el aborto no se puede enhebrar para satisfacer preceptos religiosos sobre el derecho a la vida, o para exhibir  sobre el tapete un modernismo donde la mujer puede hacer con su cuerpo y su deseo sexual lo que le venga en gana, y luego que llegue el bisturí para acabar con la gestación.

Nadie tiene razón con el tema del aborto. He visto todas las posiciones y me parece que los radicalismos  de los planteamientos hacen difícil que se pueda tomar una decisión única. Con el consenso y el diálogo se afinaría una ley donde se respetaría tanto el derecho a la vida del feto,  como a la decisión individual  de la mujer de suspender el embarazo.  En las dos posiciones se obvia que el aborto ya no es un tema personal, no es una decisión individual de una mujer, sino que es un problema social que tiene que ser  tratado en una acción colectiva.

Además, los hechos que  dirigen hacia el aborto son parte de males  profundos dentro de la sociedad dominicana, que van con la imitación de patrones extranjeros donde el sexo es una mercancía o un momento para la diversión y que luego, al día después, venga el brebaje para termina los efectos colaterales.

No es con ñoñerías de sectas religiosas que se podrá controlar el fruto del sexo desenfrenado de niñas de doce años, o de jóvenes que al momento de acostarse piensan que todo lo solucionará la pastilla del  tercer día.

Los efectos colaterales antes del  aborto van ligado a la marginalidad social, a la falta de oportunidades, a la carencia de trabajo, a una juventud que no consigue el primer empleo y  que medra en el submundo comunitario, desde la ratería callejera  y el micro-tráfico de drogas.

El  aborto sin autorización de una junta  de médicos es la acción de un carnicero vestido de doctor, ahora los hechos que llevan a  la mujer a tomar esa decisión son los que tienen que ser actualizados y entendidos. Una sociedad sin paradigmas, sin modelos a seguir, entrampada en la nada y metida en el consumismo banal, está condenada a vivir sus propios demonios y su disolución.

Religiosos y feministas aunque  a simple vista parecen distantes en sus planteamientos, se unen en los extremos, son parte de modelos sociales iracundos, salpicados de intolerancia y egocentrismos que tienen que ser superados para enfrentar los problemas desde su raíz, y no vivirlos en base al sugestivo anuncio de una píldora mágica que un día después todo lo puede solucionar  sobre los estragos de una noche de sexo sin planificación, que deja su secuela. ¡Ay! Se me acabó la tinta.

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