Por Guarionex Concepcion

La República Dominicana es un país que le brinda la oportunidad a sus habitantes y visitantes de ver un perro en cada calle, esquina, callejón o parque y donde menos usted lo espera, como, por ejemplo, sentado al lado del Presidente.

Hermosísimos perros de las más diferentes razas y colores. Unos a veces gorditos, bellos, con pelo brillante, bien cuidados. Otros deambulando por patios y solares, flacos, con la piel llena de cicatrices y heridas. Duermen en los zaguanes, en los rincones y calzadas, sin ningún susto, lo más quitados de bulla. Hay a elegir en la capital o en cualquier provincia.

A mí, particularmente, me gustan mucho los perros. Desde pequeño era una gran diversión jugar con un perro. Pero los he discriminado siempre. No es lo mismo ponerle las manos a un «realengo» que a un perro bañado y cuidado por un amo o ama. Que vive en su casita o en un lugar elegido dentro del hogar.

Recuerdo siempre con mucho cariño una perra de la raza Border Collie, que me regalara el querido doctor Marcelino Vélez Santana. Me la dejó cuando los esbirros de la tiranía de Trujillo lo fueron a buscar a su hogar para llevárselo al centro de torturas «La 40», desde La Romana, en un helicóptero de la Fuerza Aérea de aquel entonces. El había asistido a los héroes del ajusticiamiento de Trujillo, aquel 30 de mayo de 1961. Sabía que lo iban a buscar, pues conspiraba junto a los conjurados.

El doctor Vélez Santana tenía un hermoso caballo blanco que también dejó en buenas manos. Pero tratamos aquí de la gran diversidad de perros que existe en todo el territorio que ocupamos, junto a los inmigrantes del suelo vecino.

Los perros sueltos rompen las fundas de basura y las arrastran al centro de las calles, donde dejan disperso todo su contenido. Ellos agravan lo que hacen personas que dejan las fundas a su alcance. Luego los carros aplastan todo aquello, las personas lo pisan y se esparcen sucio y olores por los contenes y aceras. Así, quienes caminan tienen que mirar siempre el suelo, para no ensuciar los zapatos y pantalones.

Y esto ocurre en cada rincón, especialmente en las barriadas populares. Quienes se ejercitan a pies temprano, son las primeras víctimas. Esto parece inevitable, imposible de solucionar. No he visto un país donde los perros callejeros caminen entre los transeúntes como el nuestro. A veces una perra corre desesperada, con hasta diez perros siguiéndola, y chocan con los ciudadanos. Sucios, cojos, amputados, heridos y de todas las razas comunes, y todos colores. Un tremendo espectáculo que convierte a cualquier rincón en lo que era la antigua Duarte con Paris. Hasta que haya una decisión de eliminar este persistente mal.