Propuesta sobre la Herencia de los Cacicazgos

Por: Redacción

Por Esteban Díaz Jáquez

Cuando llegaron los conquistadores-colonizadores, la isla se encontraba dividida en cinco cacicazgos. En todos los textos de Historia, en que se recoge la parte alusiva a la colonización, es común el dato geográfico acerca de la partición que los indígenas habían establecido sobre nuestro territorio.

Es también cierto que algunos estudiosos han ido un poco más allá y señalan la existencia de subdivisiones como los nitainatos etc. Pero los cinco cacicazgos son una parte, sustancial de la herencia indígena, sólo matizada por las imperfecciones de las mediciones hechas por los aborígenes.

Esa división originaria de la Isla, prueba del nivel de desarrollo alcanzado, trasciende los siglos transcurridos, para insertarse en el presente, convirtiéndose en una invitación a las dos naciones que conviven en el más acá y en el más allá, para que recordemos que somos objeto y sujeto de una misma marca: La marca de la tierra, que recorre valles y montañas, ríos, arroyos y cañadas, mares y lagos, para despertarnos a la verdad de que si estamos lado a lado fue porque un día, mucho antes de que llegaran los que nos separaron con el uso de la espada y el arcabuz cuales instrumentos de fuego, al amparo de la cruz y el evangelio, los aborígenes se habían distribuido los espacios en una convivencia pacífica.

El resultado de esa distribución fue borrado prontamente por los invasores, dejando sólo el recuerdo para los que quedamos recogiendo los despojos de la historia.

Porque de eso se trata, los cinco cacicazgos quedaron como un despojo para los sobrevivientes de aquel cataclismo que asoló a nuestra Isla. Cuarenta años después de 1492, incluidos los que fueron llevados amarrados a donde fue el punto de partida, la mayoría murieron en el trayecto, los demás que poco tiempo les quedó para sobrevivir.

Eso sí, nos dejaron los víveres y la Coa, y cómo hacer el casabe y muchos frutales; y el recuerdo de sus bohíos donde Anacaona y sus areítos, ardieron en el fuego que desataron los huestes de Nicolás de Ovando, y en medio del tormento impuesto en la búsqueda del oro y la plata para la insaciable avidez de los conquistadores sólo quedaron los nombres de los cacicazgos.

Y a ellos nos remitimos, proponiendo inscribirlos en nuestra declaración de nacimiento.

Así, por ejemplo, quienes nacimos en la provincia de Dajabón, sembramos nuestro origen en el cacicazgo de Marién. Los macorisanos del norte, tienen pertenencia originaria en el cacicazgo de Magua. Los del este, se entroncan en el cacicazgo de Higüey, de donde vienen todos los orientales. Los sanjuaneros se acogieron temprano a la protección de su herencia y se denominan de Maguana. Los barahoneros, al igual que el Lago Enriquillo, están prendidos en el cacicazgo de Jaragua. ¿Los capitaleños? Comparten los cacicazgos de Maguana e Higüey.

Tomando el ejemplo de la muestra presentada resulta relativamente fácil proyectar la pertenencia a uno cualquiera de los cacicazgos, de los habitantes de las provincias con sus municipios de la República Dominicana, o de los Departamentos de Haití. Absolutamente todos y todas podremos ser objeto y sujeto de igual procedimiento.

En suma, lo que se trata es de inscribir en el acta de nacimiento, o en cualquier documento oficial el manifiesto de pertenencia al cacicazgo correspondiente. Tal procedimiento bien podría estar estampado en nuestras respectivas legislaciones, cuando no, en el propio documento constitucional de ambos países.

Rendiríamos homenaje al ancestro aborigen, borrado violenta e indebidamente de la memoria de quienes dieron origen a todo lo que somos hoy.

Referencia: Mapas del libro Manual de Historia Dominicana, de Frank Moya Pons. 6ta edición.

Abril 2021.-

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