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jueves, octubre 15, 2026
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InicioOPINIÓNLa ciudad que comenzaba en la puerta de su casa

La ciudad que comenzaba en la puerta de su casa

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Por Milton Olivo*

Aquella mañana, don Ramón sacó su silla a la acera de Villa Duarte y encontró al barrio hablando de una misma noticia: la Alcaldía de Santo Domingo Este había anunciado una inversión de 300 millones de pesos del Presupuesto Participativo para ejecutar cien obras.

—Ahora sí van a resolverlo todo —dijo un vecino.

Doña Mercedes, que barría frente a su pequeño colmado, levantó la mirada.

—Van a tener que trabajar mucho. Y nosotros también.

Don Ramón sonrió. Le parecía que aquella mujer siempre encontraba alguna obligación para los demás.

En la esquina, varios vecinos comentaban las necesidades de sus calles. Una señora esperaba que atendieran el drenaje; otro hablaba de una acera deteriorada. Todos tenían algo que señalar y alguna historia sobre los días de lluvia.

Entonces llegó un hombre que, sin detenerse a escuchar, sentenció:

—Eso es política. Aquí nadie hace nada.

—¿Y qué propone usted para nuestra calle? —preguntó Mercedes.

—Yo lo que sé es que esto no sirve.

La mujer apoyó la escoba contra la pared.

—Pues venga a la reunión. Diga qué hace falta, pregunte por el presupuesto y ayúdenos a vigilar que cumplan.

El hombre cambió de conversación.

Don Ramón permaneció callado. También él había repetido muchas veces que nadie hacía nada. Sin embargo, aquella tarde decidió acompañar a Mercedes a la reunión de vecinos.

Allí escuchó preguntas sobre las obras anunciadas, los lugares de intervención y la supervisión. Una joven pidió información clara sobre los plazos. Un comerciante insistió en que la comunidad debía dar seguimiento a la calidad de los trabajos.

Mercedes aplaudió ambas intervenciones.

—Pero usted defiende a la Alcaldía —le susurró Ramón—. ¿Por qué aplaude que le exijan?

—Porque quiero que las obras salgan bien.

Al regresar, encontraron una funda de basura junto al desagüe. El camión había pasado horas antes. Don Ramón reconoció la funda: la había dejado él.

Se adelantó unos pasos, la recogió y la llevó de vuelta a su casa.

Mercedes lo vio, pero tuvo la delicadeza de no decir nada.

Durante los días siguientes, Ramón comenzó a observar cosas que antes parecían ajenas a él: una botella arrojada desde una motocicleta, desperdicios abandonados frente a un negocio, una acera ocupada que obligaba a los peatones a caminar por la calle.

También encontró, debajo de varios papeles, la factura pendiente del servicio de recogida de residuos.

Recordó cuántas veces había exigido más camiones, más limpieza y mayor frecuencia. Al día siguiente fue a ponerse al día.

—¿Y desde cuándo tú pagas eso con tanto entusiasmo? —le preguntó un amigo.

—Desde que entendí que el servicio que reclamo necesita recursos —respondió—. Y pagar me da todavía más razones para exigir que funcione.

Semanas después, en otra conversación del barrio, alguien volvió a descalificar el anuncio de las obras.

Esta vez Ramón intervino:

—Preguntemos cuáles son, dónde se harán y cuándo deben terminar. Si hay un incumplimiento, lo señalamos. Pero si resuelven una necesidad, también debemos reconocerlo.

La joven de la reunión añadió:

—Y cuidado con creer que toda crítica tiene mala intención. A veces una denuncia evita que una obra quede mal.

Ramón asintió. Estaba aprendiendo que escuchar también era una forma de cuidar su comunidad.

Comprendió que las motivaciones políticas no bastaban para decidir si una crítica era justa. Había que mirar los hechos, las pruebas y la disposición de cada quien para contribuir. Quien solo buscaba desacreditar terminaba mostrando su propósito; quien señalaba un problema con fundamento merecía atención.

El anuncio de la gestión del alcalde Dio Astacio debía convertirse en obras útiles, bien ejecutadas y abiertas al seguimiento ciudadano. A los vecinos les correspondía participar y cuidar lo construido.

Acompañar las políticas municipales de limpieza, reciclaje y recuperación de los espacios públicos empezaba por acciones muy concretas: respetar los horarios de recogida, separar los residuos, mantener libres los desagües y cumplir con los pagos correspondientes. Cada familia podía hacer algo desde su propia puerta.

Una mañana de lluvia, Ramón vio correr el agua por el desagüe que antes solía encontrar lleno de desperdicios. No era todavía la solución a todos los problemas de Villa Duarte, pero aquella esquina estaba mejor.

Sacó su silla y se sentó junto a Mercedes.

—Parece que estamos aprendiendo —dijo.

Ella miró la calle.

—Ojalá sigamos.

Ramón entendió entonces que la ciudad que merecemos exige una Alcaldía que cumpla y ciudadanos que asuman su parte. Las obras debían llegar, los recursos debían administrarse con transparencia y las obligaciones de cada vecino también debían cumplirse.

La ciudad era de todos. Por primera vez, aquella frase le sonó a una responsabilidad que llevaba su nombre.

*El autor es escritor y activista por una Quisqueya potencia

 

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