Por Néstor Estévez
WhatsApp es tecnología que ha llegado “para facilitarnos la vida”. Además de enviar y recibir mensajes o hacer llamadas, de audio y de video, desde guardar información hasta hacer reuniones son versatilidades que mucha gente encuentra en WhatsApp.
Sin embargo, acontecimientos muy recientes ayudan a seguir reafirmando un planteamiento que cada vez es más evidente: cuando te “dan” algo “gratis”, la mercancía eres tú.
¿Qué pasa con esta aplicación? A diferencia de TikTok o Instagram, donde abundan publicaciones de desconocidos, en WhatsApp interactuamos con familiares, amigos, compañeros y vecinos. Como confiamos en ellos, sus mensajes pueden influir especialmente en nuestras decisiones. Esto no significa que cada mensaje nos convenza, sino que el vínculo con quien lo envía cambia la manera en que lo recibimos.
Pero aquí también juega un papel muy importante la velocidad que nos han impuesto. Antes estábamos acostumbrados a esperar por una respuesta. Ahora, según estudios sobre conversaciones cotidianas, esperamos respuestas en menos de un segundo. Eso explica que cuando alguien nos “deja en visto”, en lugar de pensar “debe estar ocupado”, asumimos que algo anda mal; en cambio, si responde enseguida, lo asociamos con valoración.
Velocidad y presión de grupo
La rapidez influye en cómo interpretamos los mensajes. Un estudio encontró que las respuestas lentas pueden generar sospechas de mentira. Pero, además, en un grupo de WhatsApp, si muchos reaccionan rápidamente y coinciden, solemos sentir presión para responder y sumarnos a esa opinión, aunque todavía tengamos dudas.
WhatsApp facilita hablar con familiares lejanos, organizar actividades y sentirnos acompañados. Sin embargo, se recomienda comprobar la veracidad de lo que circula. Es que, como resulta tan fácil y ágil, mucha gente comparte sin asegurarse de lo que reenvía. Un mensaje enviado por alguien cercano puede parecernos más confiable que una noticia televisiva. Pero esa confianza merece tanta atención como el propio contenido.
También aparecen las llamadas “cámaras de eco”, que operan a modo de “cueva donde solo escuchas tu voz”. Así mismo opera un grupo donde todos piensan parecido: ciertas ideas se repiten tanto que terminan pareciendo verdades absolutas. Ya lo advirtió Daniel Kahneman: el cerebro humano suele confundir repetición con verdad.
El Ejército de Lula
En las recientes elecciones brasileñas, Lula quedó en desventaja en primera vuelta frente a Bolsonaro, pero después remontó. Durante una campaña que se libraba entre fallos informáticos y decisiones tecnopolíticas, el diputado André Janones impulsó un canal llamado «El Ejército de Lula», que reunió a casi 11 millones de personas en tres semanas.
Janones proponía misiones diarias, como «Hoy todos vamos a buscar en Google estas palabras» o «Vamos a comentar todos en esta publicación». También animaba a los seguidores a publicar fotografías con la camiseta amarilla de Brasil. Lula participó con videos breves, selfies y bromas, en lugar de discursos extensos. Inicialmente, no se llamó a pensar, se aplicó velocidad para la acción. Finalmente, Lula ganó.
Este caso muestra la importancia que puede adquirir la gestión de la atención pública en una campaña. Janones aprovechó la aplicación para coordinar personas como un ejército digital, que es mucho más que simple transmisión de mensajes. En definitiva, el uso de la aplicación depende de quienes la manejan: puede servir para movilizar, pero también para manipular.
Entonces, ¿cómo mantener autonomía?
No hace falta borrar WhatsApp. Conviene prestar atención a tres señales. Primero, observa el ritmo: si un grupo se llena de mensajes urgentes, mayúsculas y emojis de alarma, no respondas automáticamente. La velocidad suele dificultar la reflexión.
Segundo, pregunta de dónde viene la información. Mensajes como «reenvía esto a 10 personas» o «mira esto antes de que lo borren» pueden buscar que actúes automáticamente, sin comprobar nada. Antes de compartir, verifica la fuente.
Tercero, sal de tu “cámara de eco”. Si todos tus grupos repiten una misma idea, consulta medios confiables y escucha otras perspectivas. Buscar ayuda fuera de ahí, pero también importa evaluar la calidad de lo que encuentras.
WhatsApp no decide por ti, aunque puede favorecer reacciones rápidas y emocionales. Cuando un mensaje te provoque miedo o rabia, recuerda que esas emociones pueden utilizarse para influir en ti. Puedes responder en dos segundos o tomarte dos horas para pensar. Esa pausa puede ayudarte a decidir por cuenta propia.



