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jueves, septiembre 24, 2026
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El Día que Miguel Decidió Llegar a Viejo

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Por Milton Olivo*

A Miguel le ofrecieron dinero una tarde en que no tenía ni para el pasaje.

—Es fácil —le dijo un muchacho del barrio—. Entregas este paquete y vuelves. Después celebramos.

Miguel tenía diecisiete años. Su madre trabajaba hasta tarde, sus tenis estaban rotos y en su teléfono veía a otros jóvenes exhibir ropa, motores y billetes. Le avergonzaba no poder comprar nada de aquello.

Tomó el paquete. Antes de guardarlo, escuchó una voz detrás de él.

—Miguel, ayúdame con esta caja.

Era don Rafael, el mecánico que vivía frente a su casa. Miguel dejó el paquete sobre una pared y fue a cargarle las herramientas. El otro muchacho le gritó que se apurara, pero don Rafael no lo soltó.

—Quédate un momento. Necesito hablar contigo.

Miguel bajó la mirada. Don Rafael había visto todo.

—¿Va a contárselo a mi madre?

—Primero quiero escucharte.

Se sentaron en la acera. Miguel habló de la falta de dinero, de las burlas por sus tenis y de lo cansado que estaba de oír que debía «tener paciencia». Don Rafael esperó a que terminara.

—No voy a decirte que la vida es fácil —respondió—. Pero ese paquete puede quitarte algo que todavía no sabes cuánto vale: la posibilidad de escoger qué hacer mañana.

Miguel señaló los tenis de don Rafael, viejos y manchados de grasa.

—Usted habla así porque ya tiene su taller.

—Lo abrí a los cuarenta y dos años. Antes fui aprendiz, perdí trabajos y cometí errores. Todavía estoy aprendiendo.

Esa noche Miguel devolvió el paquete. El muchacho se rio de él y le dijo que seguiría siendo pobre. Miguel llegó a su casa con los mismos tenis rotos y sin un peso más. No se sintió vencedor. Sintió miedo de haber perdido la única oportunidad que tenía.

Al día siguiente fue al taller.

Don Rafael le ofreció ayudarle por las tardes y le puso una condición: debía continuar estudiando. Las primeras semanas Miguel barrió el piso, ordenó tornillos y aprendió a distinguir herramientas. Le pagaban poco. Algunos amigos dejaron de buscarlo; otros le decían que trabajaba demasiado para ganar tan poco.

Hubo tardes en que quiso abandonar. Una vez aceptó una droga que le ofrecieron en una esquina, pensando que así olvidaría sus problemas por unas horas. Llegó a casa asustado por lo que había hecho. Al día siguiente se lo contó a don Rafael, quien lo acompañó a buscar orientación. Miguel entendió que pedir ayuda a tiempo también exigía valentía.

Pasaron los años. Terminó sus estudios, aprendió un oficio y siguió formándose. No todos sus intentos salieron bien. Ahorró para comprar herramientas, perdió dinero en un negocio y tuvo que empezar de nuevo. También conoció a Laura. Construyeron una familia sin tener resuelta la vida, pero dispuestos a cuidarse y a trabajar juntos.

Una mañana, muchos años después, Miguel esperaba a su hija a la salida de la escuela. La vio correr hacia él con un dibujo en la mano. Había pintado una casa, un árbol y tres personas tomadas de la mano.

—Ese eres tú —le dijo, señalando una figura de cabello gris.

Miguel se echó a reír. Ya tenía canas. Pensó entonces en aquella tarde en que le ofrecieron llevar un paquete por dinero. No podía saber qué habría ocurrido si aceptaba. Sí sabía todo lo que había vivido desde que decidió seguir otro camino: los desayunos con su familia, los errores que pudo corregir, el oficio que le daba orgullo y la alegría de ver crecer a su hija.

Guardó el dibujo con cuidado.

Algunos jóvenes del barrio todavía pasaban por el taller. A quienes buscaban trabajo, Miguel les enseñaba lo que sabía. A quienes estaban metidos en problemas, les decía dónde podían pedir ayuda. Nunca les prometía riqueza ni una vida sin dificultades.

Les decía algo más sencillo:

—No entregues todos tus mañanas por lo que te ofrecen hoy. Estudia, aprende un oficio, cuida tu vida y busca a alguien que te ayude a empezar. Todavía estás a tiempo.

*El autor es escritor, novelista, político y activista social por una Quisqueya potencia.

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