Por José M. Vantroi Reyes T.
Cuando encendemos la televisión en Estados Unidos y logramos salir por algunos minutos de nuestra burbuja mediática individual, esa que los algoritmos computacionales han construido alrededor de cada uno de nosotros, algo extraño comienza a aparecer. Entre las diferentes informaciones y desinformaciones sobre la guerra con Irán se va colando, cada día con mayor frecuencia, otro tema: una nueva victoria de los demócratas socialistas, ese movimiento que actúa principalmente dentro del terreno electoral del Partido Demócrata y que parece tener la particular virtud de escandalizar por igual a los republicanos y al establishment demócrata.
El movimiento socialista estadounidense se ha recuperado de la dolorosa derrota que sufrió en las primarias presidenciales demócratas de 2016. En aquellas primarias, Hillary Clinton derrotó al senador independiente de Vermont Bernie Sanders, uno de los políticos más elocuentes de la izquierda estadounidense. Clinton obtuvo más votos y delegados comprometidos, pero la enorme ventaja que acumuló desde temprano entre los llamados superdelegados —dirigentes y figuras del propio Partido Demócrata— dejó entre muchos seguidores de Sanders la sensación de que no solamente habían cometido contra una candidata, sino contra una estructura partidaria que ya tenía una favorita.
Aquella dolorosa derrota parecía suponer el final de un movimiento encabezado, paradójicamente, por un líder que ya entonces superaba los 70 años. Pero dos años después sucedió lo impensable. Una joven de 28 años llamada Alexandria Ocasio-Cortez, de origen puertorriqueño, libró una batalla comunitaria prácticamente ignorada por los grandes medios en la ciudad más mediática del mundo y derrotó en las primarias demócratas del 26 de junio de 2018 al todopoderoso congresista Joe Crowley. No derrotó a cualquier incumbente: Crowley llevaba casi dos décadas en el Congreso, era una de las figuras más poderosas de la bancada demócrata y se le mencionaba como posible sucesor de Nancy Pelosi en el liderazgo de la Cámara de Representantes —la Cámara Baja del Congreso, para los lectores latinoamericanos—. Aquella victoria desató una especie de locura en una juventud que parecía políticamente dormida y devolvió esperanza a un movimiento que pasó, de un solo golpe, de un aparente proceso de extinción a uno de ebullición y crecimiento.
El pasado año, en New York City, la metrópoli que es además la gran cuna del capitalismo financiero estadounidense, volvió a repetirse otra historia de Cenicienta. En un proceso que por momentos parecía más un musical de Broadway que una campaña electoral tradicional, el entonces discreto asambleísta de Queens Zohran Mamdani terminó convertido en alcalde de la ciudad. En el camino derrotó en las primarias demócratas al poderoso exgobernador Andrew Cuomo y volvió a enfrentarlo en las elecciones generales de noviembre de 2025. Cuomo llegó con apellido, dinero, reconocimiento nacional y poderosos aliados; Mamdani llegó con una campaña que convirtió las calles, las redes sociales y una enorme movilización de voluntarios en su principal maquinaria política. La victoria sobre Cuomo y sus adinerados aliados brindó una nueva credibilidad a un movimiento que había pasado del modo supervivencia al modo expansión, algo que volvió a quedar demostrado en las primarias de Nueva York del 23 de junio de 2026, cuando candidatos de esa nueva izquierda conquistaron posiciones importantes y llegaron incluso a desplazar congresistas incumbentes.
Mientras buena parte de la maquinaria mediática de ambos partidos se concentra en la batalla ideológica de la superficie, ignora —u oculta, según como cada cual se sienta más cómodo interpretándolo— una batalla mucho más profunda. Son dos visiones diferentes, no solamente porque miran la sociedad a través de lentes ideológicos distintos, sino porque miran el futuro desde plazos completamente diferentes. Mientras buena parte del liderazgo de los dos partidos y de la Casa Blanca observa el futuro casi como el amanecer de cada nuevo día —porque, literalmente, para muchos de ellos cada día es ya un regalo—, una parte importante de estos insurgentes ronda los 30 y los 40 años y contempla cómo decisiones tomadas hoy buscan resultados inmediatos gastando recursos, acumulando deudas y asumiendo compromisos cuyas consecuencias serán ellos quienes tendrán que pagar mañana.
Las edades hacen visible algo que la etiqueta ideológica por sí sola no alcanza a explicar. Alexandria Ocasio-Cortez tenía 28 años cuando derrotó a Joe Crowley, de 56; Julia Salazar tenía 27 cuando derrotó al senador estatal Martin Malavé Dilan, de 67; Jamaal Bowman tenía 44 cuando desplazó en 2020 al congresista Eliot Engel, de 73, quien llevaba 16 períodos en la Cámara; y Cori Bush, también con 44 años, derrotó ese mismo año en Missouri al congresista William Lacy Clay Jr., de 64. El patrón reaparece con una fuerza extraordinaria en 2026: Darializa Avila Chevalier, con poco más de 30 años, derrota en Nueva York a Adriano Espaillat, de 71, mientras Donavan McKinney, de 33, desplaza en Michigan al congresista Shri Thanedar, también de 71. No son simplemente jóvenes esperando que una generación anterior decida retirarse. Esta nueva generación parece haber llegado a una conclusión mucho más sencilla: si para alcanzar el poder hay que esperar a que quienes están arriba decidan bajar de la escalera, entonces es mejor dejar de esperar y comenzar a subirla empujando.
Entre quienes todavía ocupan la cima y quienes ahora intentan derribar la escalera existe, sin embargo, una generación intermedia que quizás sea la que termine pagando el precio más extraño de esta transición. Es la generación que aprendió las reglas, construyó antigüedad, cultivó alianzas, recaudó fondos y esperó disciplinadamente su turno; una generación que se fue domesticando en cada peldaño mientras quienes estaban arriba permanecían allí mucho más tiempo que sus antecesores. Hakeem Jeffries, nacido en 1970, y Mike Johnson, nacido en 1972, simbolizan parte de esa cohorte: llegaron finalmente al liderazgo de la Cámara de Representantes ya en sus cincuenta, mientras figuras de setenta y ochenta años continuaban dominando espacios centrales de la política nacional.
Para muchos de los insurgentes, esa experiencia funciona menos como modelo que como advertencia. No quieren pasar treinta años subiendo lentamente la escalera para descubrir que hay que acercarse a los setenta antes de alcanzar la cima. La ironía puede ser cruel: la generación intermedia esperó tanto para heredar el poder que, cuando finalmente comienza a recibirlo, descubre detrás de ella a otra generación que no está dispuesta a concederle el mismo tiempo que ella concedió a sus mayores. Una generación quedó gastada esperando su turno en la escalera; la siguiente parece haber decidido que no cometerá el mismo error.
Estos insurgentes pertenecen, además, a una generación que ha crecido sin aquella expectativa casi automática de vivir mejor que sus padres. Ascienden en la política cuando la sociedad estadounidense despierta ante la existencia de un rival geopolítico que, por primera vez en generaciones, posee un peso económico, industrial y tecnológico capaz de competir con Estados Unidos en dimensiones fundamentales; cuando los valores que el país proclama y su compromiso con los derechos humanos parecen relativizarse cada vez que deben ajustarse a sus intereses en el extranjero; y cuando algunos de estos jóvenes comienzan a mostrarse más preocupados por la capacidad de gobiernos, capitales e intereses extranjeros de influir en la toma de decisiones domésticas que por los extranjeros que cruzan irregularmente las fronteras del país.
Muchas de estas contradicciones llevan años, incluso décadas, acumulándose en la agenda estadounidense. Los insurgentes no las descubrieron, pero tampoco parecen dispuestos a heredarlas como problemas permanentes que su generación deba limitarse a administrar. Quieren que se resuelvan de manera tajante y, para intentarlo, se han propuesto desplazar a quienes continúan promoviendo cambios graduales mientras esperan lentamente su turno en una escalera política donde la obediencia termina convirtiéndose casi en un requisito de sumisión.
No creo que, en la mayoría de los casos, se trate del poder por el poder. Detrás de esa impaciencia existe una preocupación legítima: la sensación de que la situación está empeorando a un ritmo en el que ya no basta con esperar. Mientras unos esperan, los problemas no esperan. Y para una generación que tendrá que vivir durante décadas con las consecuencias de las decisiones que se están tomando hoy, llega un momento en que administrar los problemas, justificar la lentitud de las respuestas y contemplar el fracaso dejan de parecer prudencia y comienzan a parecer resignación.
La gran contradicción es que quienes están derribando la escalera desde la izquierda y quienes comienzan a hacerlo desde la derecha no quieren construir el mismo país. Probablemente quieren países profundamente distintos. Ahí seguirá estando la verdadera batalla ideológica estadounidense. Pero quizás debajo de ella esté ocurriendo primero otra guerra: la de una generación que ha decidido que no puede esperar treinta años para recibir permiso de resolver problemas que considera urgentes hoy.
Y si para cambiar el rumbo primero tienen que desplazar a quienes siguen esperando pacientemente su turno en una escalera donde cada peldaño exige obediencia, parecen cada vez más dispuestos a hacerlo.
No porque quieran simplemente llegar más rápido a la cima.
Sino porque comienzan a sospechar que, cuando finalmente les toque llegar, puede ser demasiado tarde.
Y por eso han comenzado a derribar la escalera.



