Por Manuel Hernández Villeta/A Pleno Sol

Las veleidades de la política hacen impredecible el futuro. La coyuntura constituye el eje conductor. La circunstancia puede variar de día a día. Los poderes mediáticos insuflan nuevos aires de modo impredecible.

Entre democracia y dictadura, hay una línea paralela tan fina, que se puede erosionar al menor movimiento. Las adhesiones son momentáneas y las lealtades, cambian y se esfuman como volutas de humo.

Nada más difícil de pronosticar que la política. Sin embargo, hay reglas que están claras, en la democracia el poder corresponde a los grupos económicos, pero con el sistema electoral de por medio, es la mayoría amorfa, sin cara, sin voz, pero con derecho al voto, la que facilita la llegada al gobierno.

Ya en la vieja dictadura de izquierda del proletario se llegaba por medio de las armas, y como decían los maoístas de Libro Rojo bajo los sobacos, el poder descansa en la punta de los fusiles. Pero los chinos con sus reformas cambiaron la ecuación y hoy el poder lo sostiene la economía.

En consecuencia, se da una simbiosis entre los viejos marxistas y los demócratas representativos, el poder se sustenta en el cañón de los fusiles y la columna está en la gran mayoría irredenta que siempre está esperando un mejor futuro.

De cara a la República Dominicana siempre esa aplastante mayoría silente ha sido, sin saberlo, el eje del poder. Trujillo la conquistó en el comienzo de su dictadura viajando por todo el país a lomo de caballo, en una época donde el campesino predominaba sobre los marginados de las ciudades.

El día de las votaciones todos son iguales. El voto del rico tiene el mismo poder que el del más pobre. Las doce horas de votaciones mueven conciencia de los que no militan en partidos políticos, de los que no saben que unidos tienen la fuerza, de los que inclusive venden su conciencia por un plato plástico lleno de pedazos de pollo.

La mayor parte de la población no tiene militancia partidista, no le interesa el accionar de los grupos políticos. Ve la campaña desde las gradas, sin entrar a las líneas de cal. No conoce la importancia que tiene su voto, que quita y pone a los presidentes, pero sus pasiones son manipuladas.

Esa mayoría sin voz pero con vota inclina su conciencia por una sonrisa, por una dádiva, por la promesa que nunca se va a cumplir, por la idea de que un redentor terrenal podrá cambiar sus suerte en un abrir y cerrar de ojos. La mayoría silente espera, sin noción de que un día es como mil años y mil años, como un día. ¡Ay!, se me acabó la tinta.