Por: Valentín Ciriaco Vargas
“Cuando el pulmón de América deja de respirar, todo el continente se asfixia.” (V.C.V.)
I. Introducción
América Latina y el Caribe viven uno de los giros políticos más dramáticos de su historia reciente.
La ola progresista y de izquierda que, hace apenas una década, parecía irreversible, con alrededor de quince gobiernos de esa corriente en el poder, ha sufrido un profundo retroceso.
Uno a uno, buena parte de esos gobiernos ha pasado a manos de la derecha y la ultraderecha: Argentina, Ecuador, Chile, Perú, Paraguay, Costa Rica, Honduras, Bolivia y, muy recientemente, Colombia, donde el empresario Abelardo De la Espriella venció al progresista Iván Cepeda con un discurso de mano dura inspirado en el modelo de Nayib Bukele.
Y ahora llega el momento más crítico. Brasil, el gigante sudamericano, el pulmón político, económico y simbólico del continente, está a pocos pasos de sumarse a esa lista.
Tras la primera vuelta del 4 de octubre de 2026, Flávio Bolsonaro se impuso con cerca del 47 % de los votos frente a algo más del 45 % del presidente Lula da Silva, y la definición quedará en manos del balotaje del 25 de octubre.
La pregunta que atraviesa este artículo es inquietante y urgente: ¿por qué se produjo este retroceso?, ¿qué está en juego si cae Brasil? y ¿qué debe hacer la izquierda latinoamericana para recuperarse?
II. El mapa del retroceso: De la marea rosada a la marea oscura
Para dimensionar la caída hay que recordar la cima. Entre los primeros años del siglo y 2015, el denominado giro a la izquierda abarcó a Brasil, Argentina, Venezuela, Bolivia, Ecuador, Uruguay, Chile, Nicaragua, El Salvador, Paraguay, Costa Rica, Honduras y otros países, con Brasil como epicentro del proyecto.
Hoy el panorama es distinto, aunque no uniforme. América Latina y el Caribe son una de las regiones políticamente más dinámicas del mundo, y su mapa se redibuja con rapidez en cada ciclo electoral. El giro actual refleja un cambio en la distribución del poder: la derecha y la ultraderecha tienen una presencia dominante en la mayoría de las capitales, pero sin haber eliminado la influencia progresista en países clave.
Brasil, México, Uruguay y Guatemala, que suman buena parte del peso demográfico, económico y político de la región, siguen gobernados por fuerzas de izquierda o progresistas, en varios casos bajo asedio.
En el Caribe, buena parte de los gobiernos insulares responde a sistemas democráticos de signos diversos, con dinámicas propias.
El fenómeno tampoco es homogéneo. Va desde la derecha neoliberal clásica hasta las variantes autoritarias y populistas de extrema derecha que copian el manual de Bukele o de Trump: securitización, militarización, desprecio de los derechos humanos y guerra cultural sin tregua.
Cuba permanece como símbolo de resistencia pese a más de seis décadas de bloqueo, y Nicaragua se mantiene en el poder aun con cuestionamientos democráticos que inquietan al propio campo progresista. Colombia fue el último dominó en caer; Brasil podría ser el siguiente.
III. Las causas: Por qué cayó la izquierda o el progresismo
La primera causa es el desgaste de los gobiernos progresistas. Muchos llegaron al poder con enormes expectativas sociales, heredadas de décadas de neoliberalismo, y se encontraron con estructuras económicas diseñadas para frustrar cualquier transformación: sabotaje de las oligarquías, guerra mediática sostenida, persecución judicial selectiva, presión de los mercados y de Washington.
El desgaste fue real, y no se explica únicamente por las limitaciones propias: también fue el costo de intentar transformar sociedades donde el poder económico nunca perdió las llaves. A ese asedio externo se sumaron errores propios que sería deshonesto ignorar: la división interna de los campos progresistas, la incapacidad de renovar cuadros y de construir sucesiones ordenadas y, en varios casos, la corrupción y la distancia creciente entre los gobiernos y sus bases sociales.
La segunda causa es la inseguridad ciudadana. El crimen organizado y la violencia cotidiana se convirtieron en la principal preocupación de nuestros pueblos. La ultraderecha capitalizó ese miedo con ofertas de mano dura demagógicas, hábilmente amplificadas por los medios, mientras ocultaba que la violencia tiene raíces estructurales que sus propios gobiernos nunca resolvieron. Esas raíces son la herencia del neoliberalismo, la desigualdad extrema, el desmantelamiento de las políticas sociales y, sobre todo, la guerra contra las drogas impuesta desde Estados Unidos, que convirtió a nuestros países en el campo de batalla de un negocio cuya demanda está al norte.
Donde la mano dura se aplicó, los resultados han sido desiguales: cuando redujo la violencia, lo hizo a un alto costo en derechos humanos y sin atacar sus causas de fondo. El desafío para la izquierda no es copiar ese modelo, sino construir respuestas serias que combinen prevención social, inteligencia policial y derechos humanos.
La tercera causa es el descontento económico. Inflación, costo de vida creciente, informalidad laboral y pobreza persistente erosionaron la base social de los gobiernos progresistas, especialmente entre los sectores populares que antes fueron su sostén.
La cuarta es la desconfianza institucional. Una profunda crisis de credibilidad de los partidos, los parlamentos y los sistemas de justicia abrió espacio para outsiders y discursos antisistema, de izquierda y de derecha, aunque la ultraderecha los canalizó con mayor efectividad.
La quinta causa es la guerra cultural y el ecosistema digital. La ultraderecha dominó la batalla narrativa en redes sociales, plataformas digitales y medios de comunicación, imponiendo agenda en materia de seguridad, valores y anticorrupción selectiva, y demonizando al adversario. Las noticias falsas, los centros de troleo, los algoritmos y la religiosidad política convirtieron el voto en un acto identitario antes que programático.
La sexta es la presión geopolítica externa. El apoyo de Washington y de gobiernos derechistas de la región a candidatos conservadores, combinado con el asedio sistemático a los mecanismos de integración construidos por los gobiernos progresistas, desarticuló la capacidad de respuesta colectiva del campo progresista. La CELAC, la UNASUR, el ALBA, el Mercosur y el Foro de São Paulo sufrieron ese embate. Este último fue, desde 1990, pieza clave de coordinación de partidos, gobiernos y movimientos sociales de izquierda. Mientras la derecha se coordinó transnacionalmente, la izquierda quedó cada vez más sola.
IV. Las consecuencias: ¿Qué está en Juego?
El retroceso no es solo electoral; es civilizatorio. Sus consecuencias ya se observan donde gobiernan la derecha y la ultraderecha:
Erosión de la democracia: concentración del poder militar y punitivo del Estado, debilitamiento del equilibrio de poderes, persecución de opositores y de la prensa crítica.
Retroceso de los derechos: recortes en los derechos de las mujeres, de las comunidades indígenas y de la población LGBTIQ+, y desmantelamiento de políticas sociales y ambientales.
Alineamiento geopolítico: subordinación a los intereses de Estados Unidos y abandono de la integración latinoamericana y de instancias como la CELAC y la UNASUR.
Extractivismo y devastación ambiental: apertura indiscriminada de la Amazonia y de territorios protegidos a la minería, la agroindustria y la tala ilegal.
Militarización de la vida social: la mano dura se traduce en estados de excepción prolongados que criminalizan la pobreza y la protesta.
Migración y desplazamiento forzado: millones de personas huyen de la violencia, la pobreza y la falta de horizontes, en un éxodo que desangra a nuestros pueblos y alimenta las crisis migratorias en las fronteras del norte.
V. Brasil: El pulmón de América en peligro
Brasil no es un país más. Es la mayor economía de la región, el país más poblado, el guardián de la Amazonia y el referente histórico del proyecto integracionista latinoamericano. Por eso su caída tendría consecuencias incomparables.
La primera sería un efecto dominó simbólico: si cae el mayor bastión progresista, la ultraderecha ganaría una ventaja decisiva en el mapa continental y aislaría a los gobiernos que resisten.
La segunda sería la Amazonia sin protección: un gobierno bolsonarista reactivaría la deforestación acelerada, con impactos climáticos globales irreversibles.
La tercera sería el fin de la integración regional: Brasil es pieza indispensable de cualquier proyecto de unidad latinoamericana, y su retiro sería el golpe de gracia.
La cuarta sería la radicalización del modelo: Flávio Bolsonaro hereda el capital político de Jair Bolsonaro y llega al balotaje como el candidato más votado de la primera vuelta, lo que le da un impulso político que su sector no dudaría en explotar.
El balotaje del 25 de octubre es, en este sentido, la elección más importante de América Latina en una generación. Los sondeos muestran un empate técnico. Todo está por decidirse.
VI. El papel de la izquierda y el progresismo mundial
El balotaje del 25 de octubre no es asunto solo de Brasil. Es el escenario donde la izquierda y el progresismo de todo el mundo deben pasar de la solidaridad declarativa a la solidaridad operativa.
El Foro de São Paulo, los partidos de izquierda de América Latina y el Caribe, los movimientos sociales, los intelectuales y las fuerzas progresistas de Europa, África y Asia tienen una tarea precisa: acompañar la observación electoral, desmentir en tiempo real la desinformación que vendrá desde el exterior, denunciar cualquier intento de injerencia y sostener políticamente al pueblo brasileño en la defensa de su democracia.
No olvidemos que el propio Jair Bolsonaro fue objeto de elogios y apoyos desde Washington.
Que no caiga Brasil también depende de nosotros. Y esa misma coherencia entre discurso y acción es la que reclama Cuba, símbolo de resistencia frente a la presión de Estados Unidos.
Año tras año, la inmensa mayoría de los países miembros de la Asamblea General de la ONU vota a favor de poner fin al bloqueo que Estados Unidos impone a la isla desde hace más de seis décadas, un bloqueo que asfixia a todo un pueblo. Sin embargo, votar no basta.
Los países que respaldan esa resolución en Nueva York deben pasar a los hechos: relaciones comerciales efectivas, cooperación médica y educativa, turismo solidario y denuncia sostenida en la CELAC y en todos los foros regionales. La solidaridad que se limita a un voto es solidaridad de bajo costo; Cuba necesita solidaridad de alto compromiso.
Lo mismo que pedimos para Brasil lo pedimos para Cuba: coherencia entre el discurso y la acción.
VII. Propuestas para la recuperación
Practicar una autocrítica sin parálisis.
Reconocer errores y limitaciones, siempre en el contexto de un asedio estructural y sin renunciar al proyecto emancipador. Esa autocrítica debe incluir la división interna y la distancia con las bases. La autocrítica honesta, que no se convierte en autodestrucción, es el punto de partida, no el destino.
Construir una nueva narrativa de seguridad ciudadana.
Diseñar y comunicar políticas públicas serias contra el crimen organizado.
Mostrar con evidencia que la mano dura de la derecha ha tenido un alto costo en derechos sin resolver las causas de la violencia, y que estas, la desigualdad heredada y la guerra contra las drogas impuesta desde el Norte, exigen una transformación estructural, no demagogia punitiva.
No puede haber recuperación electoral sin una respuesta creíble al miedo que vive la gente.
Reconstruir la base social. Volver a los barrios, al sindicalismo y a los movimientos sociales, con políticas de empleo, salario y costo de vida. La calle y los medios no son excluyentes, pero la izquierda se recupera primero en la calle.
Gobernar la transición digital. Combatir la desinformación, regular las plataformas, crear contrapoderes comunicacionales populares y formar cuadros en comunicación política digital. La batalla decisiva se da en el teléfono de cada ciudadano.
Impulsar la unidad estratégica continental. Rearticular la integración regional a través de la CELAC, la UNASUR, el ALBA, el Mercosur y el Foro de São Paulo. Crear mecanismos solidarios entre gobiernos progresistas, partidos y movimientos, y coordinar campañas frente a la ofensiva reaccionaria transnacional.
Ningún país resistirá en solitario lo que solo puede enfrentarse como proyecto continental.
Renovar liderazgos y facilitar el relevo generacional.
Abrir espacio a nuevas voces, garantizar sucesiones ordenadas y conectar con las generaciones que no vivieron las gestas fundacionales del progresismo. Sin renovación no hay futuro.
No creemos que estas propuestas resulten, por sí solas, la panacea, pero podrían mejorar sustancialmente las posibilidades de recuperación de la izquierda.
VIII. Conclusión
El retroceso del progresismo en América Latina y el Caribe es real, profundo y peligroso, pero no es irreversible.
Las causas del vuelco a la derecha son identificables y, por tanto, abordables: el asedio a los gobiernos populares, la inseguridad heredada y explotada demagógicamente, la presión económica y geopolítica, la desinformación y también los errores propios, empezando por la división interna.
Lo que está en uegjo con Brasil no es la suerte de un partido ni de un líder: es el pulmón de América, su Amazonia, su integración y su futuro democrático.
Que no caiga Brasil no es un deseo; es una tarea. El 25 de octubre se decidirá en las urnas brasileñas. La recuperación del proyecto latinoamericano, en cambio, se decidirá en los años siguientes, en la capacidad de la izquierda para renovarse, escuchar a su pueblo, respaldar con acciones a Cuba frente al bloqueo y ofrecer de nuevo esperanza.
La historia no premia a quienes se lamentan, sino a quienes comprenden su momento y actúan. A la Amazonia le va la vida en ello, y a América Latina, su porvenir.
Nota: Las informaciones y cifras electorales presentadas en este artículo se basan en resultados oficiales y en análisis de medios especializados.



