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Valentin Ciriaco felicita al nuevo rector de la UASD Jorge Asjana David

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SANTO DOMINGO, RD.- El profesor y exfuncionario de la Universidad Autónoma de Santo Domingo, Valentín Ciriaco Vargas envió una carta de felicitación al nuevo rector de esa Alta Casa de estudios, Jorge Asjana David donde expuso el compromiso de las nuevas autoridades de cara al futuro de la (UASD).

Vigilanteinformativo.como reproduce el texto integro de la carta

La hora de la Primada

Carta pública al Rector Magnífico de la Universidad Autónoma de Santo Domingo con motivo de su toma de posesión

Finlandia
15 de julio de 2026

Doctor Jorge Asjana David
Rector Magnífico
Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD)

Estimado Rector Magnífico:

Hay momentos en la vida de las instituciones en que la elección de sus autoridades trasciende el relevo administrativo para convertirse en un acontecimiento de profundo significado histórico. La toma de posesión del Rector Magnífico de la Universidad Autónoma de Santo Domingo constituye uno de esos momentos, porque en ella convergen la memoria de la Primada de América, las responsabilidades del presente y las esperanzas del porvenir.

Reciba mi más sincera y fraterna felicitación con motivo de su juramentación como Rector Magnífico de la Universidad Autónoma de Santo Domingo. La confianza depositada en usted por la comunidad universitaria representa un reconocimiento a su trayectoria académica y humana, pero, sobre todo, constituye un mandato para conducir la institución de educación superior más antigua del continente americano en una etapa decisiva para su fortalecimiento y proyección.

La Universidad Autónoma de Santo Domingo ocupa un lugar singular en la historia de la República Dominicana y de América. Su existencia trasciende el ámbito de la educación superior. A lo largo de casi cinco siglos ha contribuido a la formación de generaciones de profesionales, al cultivo del pensamiento crítico, a la defensa de la libertad académica y a la construcción de la conciencia democrática de la nación. Por ello, cada nueva Rectoría representa mucho más que el inicio de una gestión administrativa: simboliza la renovación del compromiso histórico de la Universidad con el pueblo dominicano.

Asumir la Rectoría Magnífica de la UASD constituye el más alto honor al que puede aspirar un universitario comprometido con su institución. Pero representa, igualmente, una de las mayores responsabilidades públicas del país. Dirigir la Primada de América exige preservar un legado construido durante siglos y, al mismo tiempo, conducirla con visión estratégica hacia los desafíos que plantea la educación superior en el siglo XXI.

Las universidades no se miden únicamente por los siglos que acumulan. Se miden, sobre todo, por la capacidad que conservan para seguir siendo necesarias a la sociedad de su tiempo. La historia concedió a la UASD el privilegio de ser la Primada de América; el presente le exige consolidarse, cada vez más, como una universidad reconocida por la calidad de su docencia, la solidez de su investigación, la excelencia de su posgrado, la trascendencia de su extensión y la pertinencia de sus aportes al desarrollo nacional.

La educación superior vive hoy una de las transformaciones más profundas de toda su historia. La revolución científica y tecnológica, la inteligencia artificial, la transformación digital, la internacionalización del conocimiento, la sostenibilidad y los nuevos modelos de aprendizaje están redefiniendo el papel de las universidades en el mundo. Ninguna institución que aspire a mantener su liderazgo puede permanecer ajena a esos cambios.

En ese contexto, la Universidad Autónoma de Santo Domingo está llamada a reafirmar su condición de universidad pública, autónoma, democrática y comprometida con el desarrollo de la República Dominicana, consolidando su capacidad para formar ciudadanos libres, profesionales competentes, investigadores creativos y servidores públicos inspirados por los más altos valores éticos y humanistas.

La sociedad dominicana espera hoy de la Universidad Autónoma de Santo Domingo mucho más que la formación de profesionales competentes. Espera una institución capaz de producir conocimientos, impulsar la investigación científica, fomentar la innovación, afianzar el pensamiento crítico, preservar el patrimonio cultural de la nación y contribuir, desde la ciencia, las humanidades y las artes, a la construcción de un país más justo, democrático, próspero y solidario.

Esa responsabilidad adquiere una dimensión aún mayor en una época caracterizada por la acelerada transformación del conocimiento. La velocidad con que evolucionan la ciencia, la tecnología y los procesos productivos exige universidades capaces de anticipar los cambios, formar ciudadanos con pensamiento crítico, desarrollar competencias para el aprendizaje permanente y ofrecer respuestas pertinentes a los grandes desafíos nacionales y globales.

En esa misión, las funciones sustantivas de la Universidad constituyen un todo indivisible. La docencia forma a las nuevas generaciones; la investigación amplía las fronteras del conocimiento y ofrece soluciones a los problemas de la sociedad; el posgrado fortalece la especialización, la creación científica y el desarrollo profesional; la extensión proyecta el saber universitario hacia la comunidad y convierte el conocimiento en una herramienta permanente de transformación social. Ninguna de estas funciones alcanza plenamente sus objetivos de manera aislada. Su fortaleza reside, precisamente, en la armonía y complementariedad con que se desarrollan.

Consolidar esas funciones constituye uno de los grandes desafíos de toda gestión universitaria. Ello implica continuar elevando la calidad académica, consolidar una cultura de evaluación y mejora continua, estimular la investigación y la innovación, ampliar la cooperación internacional, potenciar el uso inteligente de las tecnologías digitales, promover una gestión transparente y eficiente de los recursos institucionales y consolidar una Universidad cada vez más abierta al diálogo con la sociedad.

Sin embargo, las universidades no se transforman únicamente mediante reformas administrativas o inversiones en infraestructura. Su verdadera transformación comienza cuando toda la comunidad universitaria comparte una visión común acerca de la institución que desea construir y del servicio que está llamada a prestar al país.

La Universidad Autónoma de Santo Domingo posee una fortaleza que la distingue dentro del sistema nacional de educación superior: su tradición de cogobierno universitario. Profesores, estudiantes y empleados participan, desde sus respectivas responsabilidades, en la conducción democrática de la institución, haciendo de la participación un principio esencial de su vida académica e institucional.

Esa participación es mucho más que un mecanismo de representación. Constituye una expresión concreta de corresponsabilidad. Cada decisión adoptada, cada proyecto emprendido y cada meta alcanzada pertenecen al esfuerzo colectivo de una comunidad que comprende que la Universidad trasciende los intereses individuales para convertirse en patrimonio académico de toda la nación.

En ese esfuerzo común, el personal administrativo desempeña un papel frecuentemente silencioso, pero absolutamente indispensable. Su trabajo cotidiano sostiene gran parte de la vida institucional y crea las condiciones para que profesores, investigadores, estudiantes y autoridades puedan desarrollar con eficacia sus responsabilidades. Reconocer la dignidad y el valor de esa labor constituye también una manera de consolidar la Universidad.

Estoy convencido de que las instituciones alcanzan su verdadera grandeza cuando cada uno de sus integrantes comprende que su trabajo, por modesto que parezca, forma parte de una misión superior. En la UASD, esa misión consiste en formar ciudadanos, generar conocimientos, servir al pueblo dominicano y contribuir, desde la educación superior, al desarrollo integral de la República Dominicana.

Corresponde al Rector Magnífico orientar ese esfuerzo colectivo con visión estratégica, espíritu democrático, integridad ética y capacidad para construir consensos. Pero corresponde igualmente a toda la comunidad universitaria asumir el compromiso de acompañar esa tarea con responsabilidad, generosidad y sentido institucional. Solo así será posible consolidar una Universidad cada vez más fuerte, más moderna, más inclusiva y más comprometida con los ideales que le dieron origen y con las exigencias del tiempo presente.

Estas reflexiones no nacen únicamente de una convicción intelectual. Se nutren, además, de una vida estrechamente vinculada a la Universidad Autónoma de Santo Domingo. Como profesor y exfuncionario de esta institución, tuve el privilegio de servirla desde distintas responsabilidades académicas y administrativas, experiencia que me permitió conocer de cerca sus fortalezas, sus desafíos y, sobre todo, la inmensa capacidad de superación que siempre ha caracterizado a la Primada de América.

A lo largo de ese recorrido confirmé una enseñanza que el tiempo no ha hecho más que fortalecer: las grandes transformaciones universitarias no dependen exclusivamente de la voluntad de sus autoridades. Son el resultado del esfuerzo compartido de una comunidad que hace de la excelencia un propósito permanente y del servicio público una verdadera vocación.

La historia de las universidades demuestra que el prestigio académico nunca constituye una conquista definitiva. Cada generación recibe una herencia construida con sacrificio, inteligencia y perseverancia, pero también la responsabilidad ineludible de enriquecerla y proyectarla hacia el futuro.

Durante los siglos XVI y XVII, varias universidades españolas fueron objeto de críticas debido al deterioro de su vida académica. Entre ellas figuró la Universidad de Osuna, fundada apenas diez años después de la antigua Universidad de Santo Tomás de Aquino. Miguel de Cervantes Saavedra, con la fina ironía que caracteriza Don Quijote de la Mancha, aludió a ella en una expresión que el paso de los siglos convirtió en símbolo de cómo el prestigio de una universidad puede verse afectado cuando disminuye la calidad de su vida académica.

Muchos años después, la cultura popular dominicana nos ofreció otra imagen, esta vez cargada de humor y afecto. En su merengue Me enamoro de ella, Juan Luis Guerra evocó una percepción que durante determinado momento acompañó a nuestra Universidad al escribir: «Ella en la Pedro Henríquez; yo estudiante de la UASD; ella summa cum laude; yo suma dificultad». Aquella estrofa, lejos de disminuir el valor histórico de la UASD, terminó convirtiéndose en un llamado implícito a elevar cada vez más la calidad, el prestigio y la autoestima de nuestra institución.

Ni Cervantes ni Juan Luis Guerra constituyen aquí simples referencias literarias o musicales. Ambos nos recuerdan, desde épocas y contextos diferentes, que el prestigio de una universidad no se sostiene únicamente en su antigüedad, sino en la calidad de la formación que ofrece, en el conocimiento que produce y en el respeto intelectual que conquista dentro y fuera de sus fronteras.

Por esa razón, la Universidad Autónoma de Santo Domingo debe asumir cada etapa de su historia como una oportunidad para renovarse sin renunciar a su identidad. La innovación no significa abandonar las mejores tradiciones universitarias; significa fortalecerlas para responder con mayor eficacia a las exigencias de cada tiempo.

Recuerdo, en ese mismo sentido, una reflexión del profesor Alberto Malagón, publicada hace varias décadas en la desaparecida revista Ahora. Más allá de la fuerza de sus palabras, su mensaje encerraba una advertencia de extraordinaria actualidad: ninguna universidad puede conformarse con el prestigio heredado ni sobrevivir únicamente gracias al peso de su historia. Toda institución de educación superior está llamada a demostrar, cada día, su utilidad social, su capacidad de renovación y su compromiso con la creación del conocimiento.

Afortunadamente, la historia de la UASD demuestra exactamente lo contrario de la resignación. Su mayor fortaleza ha sido, precisamente, su capacidad para transformarse sin perder su esencia. Esa vocación alcanzó una de sus expresiones más trascendentes con el Movimiento Renovador, que redefinió el papel de la Universidad en la sociedad dominicana, fortaleció su autonomía, amplió la participación democrática y consolidó su compromiso con el pueblo dominicano.

Cada generación universitaria ha recibido ese legado como una responsabilidad y no como un privilegio. Hoy corresponde a la nuestra preservarlo, enriquecerlo y proyectarlo hacia el porvenir, conscientes de que la mejor manera de honrar la historia de la UASD consiste en construir, con trabajo, integridad e inteligencia, una Universidad cada vez más pertinente, más innovadora y más respetada.

Su elección como Rector Magnífico abre una nueva etapa en la vida institucional de la Universidad Autónoma de Santo Domingo. Toda gestión rectoral constituye un eslabón en una obra que trasciende a las personas y a las circunstancias. Las autoridades pasan; la Universidad permanece. Precisamente por ello, el mayor legado de una Rectoría no se mide por el número de obras ejecutadas ni por la duración de un período de gobierno, sino por la fortaleza institucional que deja a las generaciones que la sucederán.

La historia de la UASD demuestra que sus mejores momentos han coincidido con aquellos en que sus autoridades y su comunidad universitaria han sabido interpretar las exigencias de su tiempo sin apartarse de los principios que dieron origen a la institución. Ese es, a mi juicio, el desafío fundamental del presente: preservar la identidad de la Primada de América mientras se impulsa una Universidad cada vez más innovadora, más abierta al mundo, más vinculada a la sociedad y más comprometida con la excelencia académica.

Confío en que su gestión contribuirá a afianzar una cultura institucional sustentada en la transparencia, la planificación, la rendición de cuentas, la evaluación permanente, el respeto al mérito, la innovación, la cooperación internacional y la transformación digital, siempre colocando en el centro a las personas y a las funciones sustantivas de la Universidad. Una administración moderna no constituye un fin en sí misma; es el soporte que hace posible una docencia de calidad, una investigación vigorosa, un posgrado pertinente y una extensión cada vez más cercana a las necesidades de la sociedad dominicana.

También confío en que profesores, estudiantes y empleados, unidos por los principios del cogobierno universitario, sabrán acompañar esta nueva etapa con espíritu constructivo, conscientes de que la grandeza de la UASD depende del compromiso compartido de toda su comunidad. Las instituciones verdaderamente trascendentes son aquellas en las que cada uno comprende que el éxito colectivo vale más que cualquier interés particular.

La Universidad Autónoma de Santo Domingo ha demostrado, a lo largo de su historia, una extraordinaria capacidad para superar obstáculos, renovarse y seguir siendo un referente intelectual y moral de la República Dominicana. Esa misma capacidad deberá guiarnos en los años por venir, para responder con inteligencia y responsabilidad a los desafíos científicos, tecnológicos, sociales y culturales que marcarán el futuro de nuestro país.

La historia concedió a la UASD el privilegio de ser la Primada de América. A nuestra generación le corresponde convertir ese privilegio en una responsabilidad creadora. El prestigio no se conserva por inercia; se fortalece mediante el trabajo honesto, la excelencia académica, la investigación, la innovación, el diálogo, el respeto a la diversidad de ideas y la firme voluntad de servir al pueblo dominicano.

Estoy convencido de que, si esa visión orienta el quehacer cotidiano de su Rectoría y de toda la comunidad universitaria, al concluir este período la Universidad será más fuerte institucionalmente, más respetada académicamente y más cercana a las aspiraciones de la sociedad a la que pertenece.

Solo entonces el lema que inspiró su candidatura dejará de ser una consigna para convertirse en una realidad construida entre todos:

Llegó la hora. Unidos para hacer de la Primada la Primera.

Ese será el mejor homenaje que podamos rendir a la historia de la Universidad Autónoma de Santo Domingo, el mayor reconocimiento a quienes la han servido a lo largo de casi cinco siglos y el compromiso más noble con las generaciones que habrán de sucedernos.

Con sentimientos de alta consideración y renovada esperanza, le reitero mis felicitaciones y mis mejores deseos de éxito en esta honrosa responsabilidad.

Valentín Ciriaco Vargas
Profesor y exfuncionario de la UASD.

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