Por Néstor Estévez
El teléfono celular, móvil o como se le quiera llamar se ha vuelto una especie de “extensión del cuerpo”. Y, claro está, sirve de gran ayuda, pero también complica.
De manera creciente escuchamos sobre países que han decidido reducir la exposición de los adolescentes a los teléfonos móviles. ¿Qué ha pasado con eso? Dicho en pocas palabras, lo encontrado alcanza para ir mucho más allá de las aulas.
Lo que comenzó como una preocupación por el rendimiento escolar y la salud mental de los estudiantes está abriendo una conversación sobre un problema que también alcanza a los adultos: la dificultad creciente para distinguir entre lo importante y lo simplemente llamativo.
Revisemos un poco. Noruega, Francia, Finlandia, Dinamarca, Países Bajos, entre otros, han puesto límites al uso del celular en las escuelas. Cada país lo ha hecho a su manera, y todavía es temprano para medir todos los resultados. Sin embargo, las primeras señales merecen atención.
Noruega ofrece la evidencia más sólida. Allí están observando menos casos de acoso escolar, mejoras académicas, sobre todo entre las niñas, y una gran reducción de problemas de salud mental. Francia también reporta avances en la concentración y en el ambiente escolar.
En Reino Unido están yendo un poco más lejos: recuerdan que prohibir el teléfono durante las clases no basta por sí solo. Dicen que, si el resto del día continúa dominado por la sobreexposición a las pantallas, el problema simplemente cambia de horario.
Y con los adultos, ¿qué pasa?
Durante años hemos señalado a los adolescentes como si fueran los únicos expuestos a los riesgos del mundo digital. Es cierto que necesitan protección, están formando hábitos, carácter y maneras de relacionarse. Pero basta mirar cualquier sala de espera, una reunión familiar o incluso un semáforo para descubrir que los adultos estamos afectados por el exceso de pantallas.
Nos gusta pensar que la experiencia nos vuelve inmunes. Pero, atención: no siempre es así. Ocurre que, con los años, acumulamos conocimientos, pero también prejuicios, simpatías y “certezas” que pocas veces ponemos en duda. Y ahí está el problema: esa mezcla puede hacernos vulnerables a la manipulación.
Eso explica que compartamos noticias sin verificarlas porque confirman lo que ya creemos. Reaccionamos antes de comprender. Opinamos antes de leer. Y muchas veces terminamos siendo víctimas del mismo ruido del que advertimos a nuestros hijos. ¿Te resulta familiar? La diferencia es que solemos disimularlo mejor.
Por si acaso, aclaro: no propongo una guerra contra la tecnología. El teléfono celular es una herramienta extraordinaria cuando se utiliza bien. El verdadero desafío consiste en impedir que la herramienta termine utilizándonos a nosotros.
Y entonces, ¿qué podemos hacer?
Sigamos con atención la experiencia de esos países. La propia OCDE insiste en que limitar el uso del celular durante la jornada escolar solo funciona cuando forma parte de una estrategia más amplia. Dice que hace falta enseñar a convivir con el celular, desarrollar competencias digitales y fortalecer la capacidad de pensar críticamente.
Ya lo he planteado en otros escritos: la mejor protección frente a la desinformación no es un reglamento. Tampoco una aplicación capaz de bloquear contenidos. La defensa más sólida sigue siendo cada persona que aprende a preguntar antes de creer, a verificar antes de compartir y a desconfiar de aquello que solo busca provocar reacción inmediata.
Hace algún tiempo proponía la necesidad de aprender a «coger y dejar». Hoy esa idea cobra todavía más valor. Vivimos rodeados de mensajes diseñados para conquistar nuestra atención. Algunos informan. Otros manipulan. Muchos simplemente hacen ruido. Si no desarrollamos filtros propios, alguien terminará decidiendo por nosotros qué merece nuestra atención y qué no.
Tal vez por eso lo iniciado en Europa no deba quedarse únicamente en las aulas. También tendría que llegar a nuestras casas, a nuestras oficinas, a los medios de comunicación y a nuestras familias. Porque formar ciudadanos críticos nunca ha sido una tarea exclusiva de los maestros. Es una responsabilidad compartida.
Reducir el tiempo frente a una pantalla puede ser un buen comienzo. Pero el cambio verdaderamente profundo ocurre cuando aprendemos a gobernar nuestra atención. Usemos la tecnología como medio. Mantengamos el criterio para pensar y actuar con libertad.



