Por Alberto Quezada
Martin Luther King Jr. dijo: “La injusticia en cualquier lugar es una amenaza a la justicia en todas partes”. Desde esa convicción escribo sobre Guido Gómez Mazara.
No soy su amigo, no pertenezco al PRM ni simpatizo con ese partido. Lo que me mueve es algo más elemental: justicia, reconocimiento al talento y respeto por el mérito.
Guido no llegó ayer a la política. Su trayectoria acumula décadas de militancia, formación, debate, confrontación y trabajo político. Ha asumido responsabilidades, ha competido internamente y ha defendido sus posiciones aun cuando hacerlo le ha significado enfrentamientos con sectores de poder.
Y aquí comienza lo verdaderamente incómodo. En la política dominicana persiste una vieja práctica: la cercanía al poder termina pesando más que la trayectoria; el apellido más que la capacidad; las relaciones más que el trabajo político.
Si esa lógica se está imponiendo dentro del PRM, estamos ante una contradicción que merece atención. Un partido que llegó al poder hablando de renovación, democracia y cambio no debería terminar reproduciendo los mismos vicios que durante años criticó.
La historia política dominicana demuestra que los conflictos internos mal administrados pueden terminar en rupturas trascendentales. Juan Bosch abandonó el PRD y fundó el PLD. Años después, José Francisco Peña Gómez terminó enfrentado a sectores de su propio partido y protagonizó una amarga disputa con Jacobo Majluta. Las diferencias que no se procesan políticamente pueden terminar convirtiéndose en fracturas históricas.
¿Podría ocurrir algo semejante con Guido? Nadie puede afirmarlo hoy. Pero si continúa una actitud de menosprecio, exclusión o desconocimiento de su trayectoria, sería ingenuo descartar que llegue un momento en que tenga que tomar una decisión sobre su permanencia.
Y aquí el PRM tiene que actuar.
No se trata de conceder privilegios a Guido. Se trata de impedir que un dirigente con trayectoria termine sintiendo que dentro de su propia organización tiene menos valor que quienes llegan con conexiones, influencia, dinero o apellidos poderosos.
La renovación es necesaria. Pero renovación no significa sustituir mérito por relaciones.
Guido puede ser polémico, frontal e incómodo. También puede equivocarse. Pero ninguna de esas condiciones autoriza a desconocer su talento y trayectoria.
El filósofo Séneca escribió: “Mientras haya vida, hay esperanza”. Para el PRM todavía hay tiempo de corregir.
Hay momentos en que los partidos no pueden seguir administrando el problema: tienen que tomar decisiones. Porque si el mérito deja de encontrar espacio dentro de la organización, algún día la pregunta ya no será si Guido debe quedarse.
La pregunta será por qué se fue.
El autor es periodista y magíster en derecho y relaciones internacionales. Reside en Santo Domingo. quezada.alberto218@gmail.com



