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domingo, septiembre 20, 2026
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SDE: ante su dilema existencial: avanzar o volver atrás

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Por Milton Olivo *

Las ciudades no son solamente calles, parques y edificios. También son estados de ánimo colectivos. Su apariencia influye en la conducta ciudadana, en la confianza institucional y en la manera de imaginar el futuro.

Durante años, Santo Domingo Este fue presentado como una ciudad de vertederos improvisados, calles deterioradas, parques abandonados y desorden urbano. Hasta abril de 2024, la prensa denunciaba acumulaciones de residuos en vías importantes.

Al producirse el cambio de administración, se informó que 49 de los 100 camiones destinados a recoger la basura estaban averiados. Aquella realidad produjo una consecuencia sociológica profunda: la normalización del abandono.

Cuando una persona contempla durante años una esquina convertida en vertedero o un parque destruido, comienza a considerar el desorden como algo natural. Pierde la confianza en las instituciones y disminuye su disposición a proteger los espacios públicos.

Cuando cambia el liderazgo

La llegada de Dío Astacio a la Alcaldía, en abril de 2024, comenzó a modificar esas expectativas colectivas. En sus primeros cien días, la administración informó la eliminación de 111 vertederos improvisados y la recolección de miles de toneladas de residuos. Durante su primer año presentó, además, la recuperación de 71 parques, la limpieza de avenidas y colectores pluviales y el fortalecimiento de la seguridad municipal.

La transformación, sin embargo, no consiste solamente en recoger basura, iluminar avenidas o recuperar parques. Su mayor efecto ocurre en la conciencia ciudadana. Cuando una administración demuestra que la ciudad puede mantenerse limpia, ordenada, iluminada y con áreas verdes recuperadas, destruye la creencia de que el abandono era inevitable. El ciudadano descubre que su municipio puede ser diferente y comienza a exigir más de sus autoridades y de sí mismo.

Convertir Santo Domingo Este en una Ciudad Jardín significa sustituir la cultura del abandono por una cultura del cuidado y convertir el espacio público en patrimonio compartido.

La amnesia del progreso

Las sociedades padecen un fenómeno peligroso: cuando las mejoras se vuelven cotidianas, el público comienza a olvidar la realidad anterior. Hoy pocos recuerdan los vertederos que formaban parte del paisaje urbano o los parques oscuros, abandonados y convertidos en refugios de delincuencia. Al verlos ahora iluminados, coloridos, cuidados y con seguridad, muchas personas terminan creyendo que siempre fueron así.

Lo mismo ocurre con las actividades deportivas, culturales y sociales, las jornadas de salud y los encuentros comunitarios. Cuando se hacen frecuentes, dejan de percibirse como logros y comienzan a considerarse normales.

Esa normalidad es una señal de progreso, pero también puede ocultar el esfuerzo que la hizo posible. Cuando desaparece el recuerdo del abandono, algunos pueden intentar convencer a la población de que nada ha cambiado. Una sociedad responsable debe conservar su memoria, no para permanecer atrapada en el pasado, sino para comparar, evaluar y evitar el retroceso.

La ciudad pertenece a todos

Cada vez más ciudadanos sacan los residuos en los días establecidos, evitan colocarlos después del paso del camión y reclaman a quienes ensucian las calles. Esa conducta surge cuando la comunidad comprueba que su cooperación produce resultados.

El Ayuntamiento debe garantizar rutas, equipos y fiscalización. Pero ningún sistema funcionará si parte de la población continúa utilizando calles y cañadas como vertederos. La transformación se consolida cuando entendemos una verdad elemental: La ciudad no pertenece al alcalde. La ciudad pertenece a todos.

El alcalde administra temporalmente; los ciudadanos permanecen. Cuidar el municipio no significa hacerle un favor a Dío Astacio. Significa proteger la salud, la seguridad y la dignidad de quienes vivimos en Santo Domingo Este.

Fiscalizar no es desacreditar

Toda administración debe ser vigilada. La oposición tiene el derecho de cuestionar, investigar y presentar alternativas. Pero fiscalizar no es desacreditar. Fiscalizar es confrontar las decisiones con documentos, presupuestos y resultados. Desacreditar es exagerar cualquier incidente para intentar fabricar una percepción permanente de fracaso.

Un medio digital vinculado a intereses políticos no es ilegítimo por ese solo hecho. El problema surge cuando se presenta como medio informativo, pero funciona como instrumento de ataque, omite los avances o difunde afirmaciones sin pruebas para favorecer aspiraciones electorales.

Quien aspire a gobernar Santo Domingo Este debe demostrar que posee una visión superior, mejores propuestas y mayor capacidad administrativa; no intentar llegar al cargo destruyendo todo lo positivo.

El verdadero dilema

Cuando aparece un liderazgo transformador, surgen aspirantes que interpretan cada logro ajeno como un obstáculo para sus ambiciones. Comienza entonces una guerra por el relato: se intenta convencer a la población de que nada ha cambiado y que todo es propaganda.

Esa es una trampa que las sociedades deben aprender a superar. No se trata de convertir al alcalde en una figura incuestionable. Una sociedad madura debe distinguir entre corregir el rumbo y destruir los avances; entre una oposición con propuestas y una ambición sin visión.

El pueblo debe observar, recordar y preguntarse: ¿quién construye y quién solamente ataca?, ¿quién presenta soluciones y quién fabrica conflictos?, ¿quién piensa en la próxima generación y quién únicamente en la próxima elección?

Ese es nuestro dilema existencial: consolidar una cultura de progreso o volver al “más de lo mismo” que nos mantuvo atados al atraso y al subdesarrollo. Consciente de que la ciudad no es del alcalde. La ciudad es de todos. Y entre todos debemos proteger su transformación.

*El autor es escritor, novelista, político y activista social por una Quisqueya potencia.

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