Por Guarionex Concepción

Si algo medianamente aceptable pudiera admitirse de la colosal tragedia del día 11 de septiembre del año 2001 en los Estados Unidos, es que ese cobarde atentado sacó a floración la gran valía personal del ciudadano estadounidense y cuan identificado está con su nación.

Aquella mañana veraniega, soleada y hermosa para la ciudad de Nueva York, quedó convertida en un pandemónium infernal, cuando fanáticos militantes extremistas árabes secuestraron cuatro aviones y los estrellaron contra varios objetivos emblemáticos de los EEUU, asesinando a miles de hombres y mujeres, principalmente norteamericanos.

Ese día se levantaban miles de familias a comenzar la jornada en los centros comerciales, las fábricas y talleres, grandes negocios de todo tipo, hoteles, tiendas y centros bursátiles, etc. en los 51 Estados Americanos. Cuán lejos estaba esta laboriosa mancomunidad de la alevosía y acechanza del fanatismo criminal de sectas extremistas del mundo árabe. Ese execrable hecho sumió en el dolor los norteamericanos y al mundo. Pero hizo aflorar el valor y la estirpe señera de los hombres y mujeres de la gran nación de George Washington, Abraham Lincoln, Thomas Jefferson y Benjamín Franklin, grandes héroes de América.

Qué inmensa respuesta dio la inmediata entereza del pueblo de los Estados Unidos al enemigo que permanecía invisible entonces, mientras humeaban las torres gemelas del World Trade Center y el edificio del Pentágono, principales blancos de los criminales. Los ciudadanos estadounidenses se pusieron de pie y afrontaron con coraje acerado la vesania del ataque.

Legiones de bomberos, socorristas, voluntarios, paramédicos, ciudadanos civiles, militares y policías, etc se dieron cita allí con valentía indescriptible, para ayudar en las labores de rescate de las víctimas y entregar alma, vida y corazón en lo que consideraron un deber ineludible. Ese día nadie consideró que estaba de descanso, libre o de vacaciones. El amor patrio llamó a cada puerta e hizo aflorar el orgullo nacional, que dio lugar a la entrega sin condiciones. Nadie pensó en sí, ni en su propia vida y se hicieron monolíticas la voluntad y el arrojo, el deseo de ayudar, de la manera que fuera, a defender la vida de su prójimo. ¡Cuántos ejemplos de hombres y mujeres que no sopesaban los riesgos y ofrendaron sus vidas en el esfuerzo por rescatar a las víctimas entre los escombros de concreto y acero de las edificaciones destruidas en el atentado! ¡Gentes que rechazaron las voces que les decían! ¡no entre! o les advertían que iban a morir si avanzaban. Nunca se detuvieron. Cuántos entregaron su vida exponiéndose al fuego, en un sacrificio supremo, para rescatar, indistintamente, al compañero de labores, al amigo o simplemente al desconocido cuya vida peligraba.

Ahora, a una distancia de más de 20 años, cuando se ha venido conociendo el valor espartano de aquellos hombres y mujeres, aún se eriza la piel y se humedecen los ojos, ante el ejemplo de los ciudadanos de Estados Unidos. ¡Qué orgullo más sentido ante la rápida respuesta de las autoridades de su país! ¡Qué demostración de entrega de las brigadas de socorristas! ¡Qué supremo sacrificio de los bomberos y personal paramédico ¡Fue un ejemplo de grandeza el que dieron al mundo! Imborrable e inolvidable. Los ciudadanos de los EEUU deben sentirse satisfechos de cuanto dieron e hicieron por sus hermanos en peligro aquel fatídico 9/11 que esperamos no tener que afrontar nunca, pero nunca más. Y que quede como posible bálsamo a esa acción de lesa humanidad, el digno ejemplo dado por los ciudadanos de esa gran nación.