Por Guarionex Concepción

Un aparente brote de alarma ha surgido por una supuesta reunión, sostenida por los expresidentes Leonel Fernández y Danilo Medina.

Esa posibilidad no debe ser temida por quienes adversan a estos líderes políticos, salvo que teman que sus grandes realizaciones y excelentes gobiernos lleven de nuevo al poder a uno de los dos.

Entiendo que si es como se conoce el historial de los dos gobiernos más recientes, entonces, no hay posibilidades de que uno de ellos retorne a «la casa grande» por mucho tiempo.

La posible reunión, al contrario, debiera ser motivo de contento, por cuanto lo que hacen es que se identifican, uno con el otro. Leonel, que antecedió a Danilo y cuyas acciones sean más proclives de ser olvidadas y Danilo, cuyos actos ilustran los diarios cotidianamente.

El legado, tanto de uno como del otro, durante 20 años, está ahí, y hay que ver cómo marchan la educación, la salud, el abasto de alimentos, la situación actual del narcotráfico, la seguridad ciudadana, la vivienda, los controles aduaneros, etc., comparando varios renglones con los establecidos por las autoridades que les sucedieron.

Si tanto Leonel como Danilo adecentaron la administración pública, establecieron controles a la corrupción, enfrentaron, de manera abierta y decidida, el narcotráfico y el lavado de activos, si se esforzaron por reformar la Policía Nacional, la corrupción en las fuerzas militares, si fueron honestos, entonces, que se reúnan debiera encender una alerta.

Pero resulta, que si Leonel Fernández se reúne con Danilo Medina, se está reuniendo con los hermanos Medina Sánchez, con Jean Alain, Díaz Rúa, y con los ex ministros, los ex proveedores del Estado y toda la cafila de personajes que ahora cuentan dinero por miles de millones que debieron usarse en viviendas y hospitales, en carreteras, educación y en la producción de alimentos, entre otras necesidades patrias.

Desde luego, hay que ver cómo sigue el desempeño del actual gobierno, porque, aunque los dominicanos han cambiado, requieren de un gobierno cerrado a la corrupción, cerrado al narcotráfico, a la inseguridad, a la inmigración ilegal y a tanta miseria humana que nos atan al tercermundismo aberrante.

Esa diferencia, ese cambio que se produjo con la expulsión de negociantes y fariseos, no puede ser revertido por las amenazas de unión de quienes apañaron el robo, el crimen y el apandillamiento más vil y descarado.

Ahora más que nunca y con toda la fuerza del universo, hay que retomar la frase del nefasto líder reformista, aquella que gritó a voz en cuello, y que dice: ¡El camino malo está cerrado!, y que valga para el uno, o para los dos juntos.