Por Rafael Peralta Romero/ Voces y ecos

Nunca, antes de aquella mañana de domingo, pudo ocurrírseme asociar ese hecho con la elección del papa. Lo del nuevo pontífice se anuncia con la salida de humo blancuzco desde una chimenea del Palacio Apostólico, donde sesionan los cardenales aptos para votar. Pero lo mío era muy diferente.

Digo lo mío porque solo me ocurrió a mí, aunque éramos dos, y ella también cuenta. Se portó como una contendiente implacable, resistió todos mis esfuerzos. Fue una lucha sin igual, no creo que haya pasado antes, y también desigual, porque a decir verdad, yo la supero en fuerzas y conocimientos, por eso desigual.

Sucedió el domingo 17 en Miches, donde acudí a festejar el ochenta aniversario de mi hermano Yiyo (Ramón Isidro), el tercero de los hijos de Miña y Chachá. Acudí con tres de mis vástagos (Mijaíl, Erinia y Anatoli) y como no había sitio para nosotros en la morada paterna, nos alojamos en un mesón situado fuera del casco urbano.

En ese suburbio vive gente, incluido el notable artista plástico cuyas obras se pasean por el mundo con el seudónimo Cayuco. Así pudiera denominarse el sector, pienso. Digo que vive gente para también decir que predomina el silencio, en contraposición con las viejas calles de la parte céntrica, como mi Gastón F. Deligne.

Pues, como les iba diciendo, despierto a las 6:20, porque arrastro la costumbre de hacerlo cada día. Leo un rato en la cama, quiero café, mas no lo hago para que los muchachos, que dormían plácidamente, no lo encuentren frío al despertar. Sin embargo, llegó un momento en que el organismo lo reclamó. Como dijera si exclamara: “Quiero café”.

Inicio el debido proceso y tras mucha espera, el “preciado líquido” no sube. Me desespero, apago la llama, bajo la greca. Y se da una lucha cuerpo a cuerpo con ese artilugio del que siempre he conseguido lo que busco. Solo esa vez se rebeló. Me amenazó con lacerarme y disponía de un arma nociva: alta temperatura.

Antes, me había preguntado ¿dónde va esta pieza? Era una bandejita perforada y la coloqué sobre el polvo, suponiendo que por ahí se colaría el café. Pero el zumo negro no se filtró. Cuando pude, puse de nuevo la greca al fuego y entonces roncó de modo inusual. Esperé la salida del humo, pero no hubo.

Un asomo de café se vio hervir en el fondo de la greca, pero nada más. Llamé a mi hermano Alejandro, quien reside en el sector, y me auxilió con transporte y en su casa tuve café. Antes de yo salir de mi refugio, despertó Anatoli, se refirió al olor de la greca, y me fui pensando que descubrí la semejanza entre colar café y esperar la elección de un nuevo papa. Y quise contarlo.

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