Por Guarionex Concepción

Hay que imaginar lo que es perder su casa, su auto, su patio, sala, cocina, todo. Es quedarse sin nada. Estar expuesto, como si tuviera a la intemperie, sin seguridad de nada. Así se está en Haití, ahora mismo.

En esa vecina aglomeración de personas -que no es un país- no existe seguridad para nadie. Y ahora les llegó el cólera.

Allá se presentan los componentes de una de las bandas, entran a la casa, golpean a los que estén ahí y violan a las hembras, sin importar edad, rompen todo lo que deseen, roban y, si quieren, se marchan. Una verdadera tragedia. No hay guardia ni policía que pueda detener a estos bandidos, ladrones y asesinos que se han convertido en amos y señores.

Haití es tierra de nadie. Mataron al Presidente, eliminaron el Ejército, la Cámara de Diputados, el Senado, la Policía, los alcaldes y todo vestigio de autoridad. Es una autentica selva, donde se impone el más fuerte. Los hombres y mujeres que viven en ese territorio cruzan hacia este lado cuando sus instintos se lo piden. Por suerte, de este lado encuentran algunos militares dominicanos que los detienen, dependiendo del lugar por donde intenten pasar.

En ese suelo vecino escasea la comida en condiciones críticas, no hay agua potable, los niños no tienen escuelas funcionando y han colapsado los centros hospitalarios. Allí se avecina una tragedia de dimensiones incalculables y se hace necesaria una fuerza militar que frene el vandalismo y la destrucción. El envío de equipos militares no parece ser la solución idónea, pues existe el riesgo de que caigan en manos de las huestes salvajes. Tampoco se puede esperar que el desorden pueda arrasar con lo poco que queda en pie. Se hace impostergable la imposición del orden a cualquier precio, pues personas de ese lugar están cada día más invadiendo nuestro país, luego de haber destruido el suyo. La solución ha quedado en manos nuestras, cuando no podemos ni siquiera resolver nuestros males. Las naciones poderosas, que se han beneficiado de Haití, han escurrido el cuerpo y pretenden que nuestro espacio sea utilizado para resolver el problema haitiano. Y eso no se puede permitir, de ninguna manera.

Excluyendo a los integrantes de las bandas, los moradores del suelo vecino requieren de la mano solidaria que los rescates de la barbarie. Necesitan comida, educación, centros asistenciales donde sanar o calmar sus enfermedades. Les hace falta lugares de recreación. Les urge la paz y el sosiego, el trabajo remunerado. Pero sobre todo quieren comer. Muchos están presos del hambre y mueren cada día, en medio del desamparo más terrible. Hoy, el mundo está en la obligación de socorrer a Haití, donde solo existe el vacío.