Por Guarionex Concepción

Ante el agravamiento diario de la ocupación pacífica masiva de residentes en el vecino Haití, el país requiere acciones que demuestren que nuestra nación está viva y siente.

Hasta el momento nuestro territorio parece el caparazón de una tortuga dormida, que no siente pasos o ruidos sobre ella ni a su alrededor.

Ante una pasmosa indiferencia, los vecinos llegan a nuestro patio y crean asentamientos, con la mayor tranquilidad, sin sobresaltos ni temores, como quien llega a su casa, después de «andar por ahí». Así desmontan y hacen carbón de nuestros árboles, juntan tablas, zinc viejo, sacos, cartones y ! eureka !, levantan su nuevo «hogar».

En una reacción al parecer inesperada, el presidente Luís Abinader anunció que el Estado tiene el propósito de comprar aeronaves, camiones y otros equipos, para establecer una vigilancia fronteriza efectiva. No queda más que creerle. Por fin se mueve la tortuga. Esto es imperioso y estaba pendiente desde el ajusticiamiento de Trujillo.

Basta ya de que extranjeros, llámense haitianos, rusos, americanos, franceses o de donde sean, puedan llegar a nuestro suelo a hacer lo que les venga en ganas. ¿Acaso los trinitarios ofrendaron sus vidas para dejar establecida una selva virgen donde pueda venir todo el mundo a poblarla libremente? Eso hay que acabarlo. Y lástima que tenga que ser así, a un costo tan elevado y corriendo los riesgos que implica hacerlo en una situación de tanta corrupción como la actual. Que sepa que lo van a estar acechando, con esa compra, con deseos de que falle, para cuando salga del poder, que tendrá que hacerlo algún día. El asunto es que es una excelente medida comprar esos equipos, pero también capacitar a nuestros soldados en torno a la azarosa realidad que estamos viviendo y que amenaza con que nos llamen dominico haitiano muy pronto.

No es suficiente con levantar la voz en foros internacionales, como lo ha venido haciendo el mandatario dominicano. Eso no ha surtido ningún efecto. Y hay algo más que nos obliga a actuar rápido: es el hecho de que organismos internacionales nos vean como posible zona de refugio. Si ya somos el hazmerreír, qué no pasará si nos brindamos como centro de acogida de expatriados inoportunos. Eso jamás podemos permitirlo, salvo que esté dispuesta nuestra generación a que nos señalen como traidores a los sagrados ideales de nuestros padres forjadores de la nacionalidad, en el momento señero de establecer responsabilidades.

El presidente Luís Abinader parece haberse sacudido y estar dispuesto a demostrar que somos » to’ toros», no «to’ vacas» y que al barraco «se le conoce por el bajo». Ha comprendido que está bueno ya de genuflexiones y se debe entender que somos una República que conoce el alcance de los sagrados mandatos de su constitución. Roguemos a Dios que éste sea un despertar real. No para pelear, ni para ningún encontronazo bélico, salvo que sea necesario, sino un abrir de ojos para que se nos respete.