Adrià Rocha Cutiller/ epe.es

A Ken, un exmilitar británico, no le gustan los trípodes. Mejor evitarlos cuando sea posible, dice, aunque muchas veces no lo sea y toque aceptarlos. «¿Por qué no me gustan? Porque son fáciles de confundir con fusiles pesados. Son peligrosos y pueden convertir al periodista en un objetivo», explica.

Este año, Ken Perry ha estado ocupado. Él y su empresa, Cosain Consultancy -que asesora para grandes medios de comunicación- han realizado varios cursos gratuitos de seguridad para periodistas en Birmingham. «Lo estamos haciendo porque en Ucrania, mientras estábamos allí de misión, vimos que estaban llegando muchos periodistas ‘freelance’ sin experiencia ni entrenamiento. Esta es nuestra forma de retornar el favor de su gran trabajo», explica Ken, amable en el trato pero duro a la hora de ponerse manos a la obra.

Para cualquier persona que vaya a un conflicto -o que se vea sumido en el mismo- este tipo de cursos, muy comunes pero muy caros, son clave: sus contenidos, al principio, parecen obvios, algo evidente en cuanto se explica. Sin embargo, no todo es tan fácil. En situaciones de riesgo, lo normal se convierte en inimaginable, y lo que resulta fácil de pensar es difícil de realizar.

En Ucrania, hasta la fecha, más de una treintena de reporteros han muerto por el conflicto, sobre todo en bombardeos —más 5.000 civiles ucranianos—. La mayoría de los periodistas fallecidos, además, son reporteros locales.

«Hay muchos riesgos en la actualidad en Ucrania, y si un periodista no cuenta con ningún medio que lo avale, mejor no ponerse a uno mismo en peligro. A veces solo nos fijamos en la posibilidad de que te caiga un bombazo encima, pero hay muchos más riesgos, tanto físicos como psicológicos. Que alguien invierta todos sus ahorros y no consiga publicar nada en un medio es un problema. Pero que esta persona, además, se lleve un trauma psicológico es mucho peor», explica el presidente de Reporteros Sin Fronteras (RSF) en España, Alfonso Bauluz. RSF, de hecho, ha creado una plataforma de ayuda y guía a periodistas que quieran viajar al país eslavo para cubrir la guerra.

Los ejemplos de peligros a los que se puedan encontrar son muchos: en la carretera, tras un accidente, se debe evitar que el herido haga movimientos bruscos, sobre todo en la espalda. La persona puede estar herida aunque no haya sangre. Y si una herida sangra sin fin, aunque hacerlo signifique que el herido pierda un brazo o una pierna, aplicar un torniquete lo antes posible puede salvar vidas. Cada minuto que pasa las probabilidades de supervivencia bajan.

«En primeros auxilios hay un protocolo a seguir muy claro. El orden es muy importante: ¿Hay más peligros en la zona? ¿La persona responde? ¿Hay heridas que puedan ser mortales? ¿La vía respiratoria está abierta? ¿Respira normal la persona? ¿Está la piel blanca? ¿Responde ahora tras los primeros pasos? ¿Cómo tiene las pupilas? ¿Hay más heridas y sangre por el cuerpo? Es una escalera que se tiene que ir bajando en función de la respuesta a cada pregunta. Responder mal o tarde a estas preguntas puede costarle la vida a la persona herida», explica Jarrod, paramédico, también exmilitar y profesor del curso.

Fuego de morteros

Después de la teoría viene la práctica. «Mirad, ahora iremos a una fosa común empotrados con una milicia ucraniana, y allí entrevistaremos al líder de esta milicia. Estad preparados y subid al coche», explica Ken, que durante la práctica se convierte en un conductor temerario ucraniano, Serguéi.

Al llegar con la milicia, empieza el fuego de morteros. El miliciano resulta herido: los periodistas deben de seguir los pasos. En este caso, a primera vista, el miliciano tiene una herida potencialmente mortal en el brazo. El procedimiento es sencillo de enumerar pero complicado de realizar: aplicar un torniquete, coger al hombre y, con él a cuestas, correr a cubierto, hacia el edificio más cercano. En casos como este, la nuca y la espalda del herido importan poco. La elección está clara: o tres personas muertas o tres vivas, aunque una de ellas tenga la espina dorsal dañada de por vida.

«En casos como este es importante escuchar a la artillería. Tiene un ritmo, y si se aprende el patrón se puede adivinar cuándo caerá; desde que se dispara hasta que impacta hay unos minutos de demora. Aprender a escuchar el ritmo de la artillería puede salvarle la vida a uno», explica Ken.

Según sostiene, en Ucrania, ésta funciona como un partido de tenis: primero disparan una serie de artillería los rusos, después contestan los ucranianos. Es entre este diálogo de morteros en el que el periodista -o cualquiera- puede huir de la zona bombardeada.

Un plan imperfecto

Lo más importante de todo, sin embargo, es planificar siempre antes de partir: establecer rutas principales y alternativas, estudiar riesgos, localizar hospitales en el camino, gestionar acreditaciones y protocolos de actuación ante las autoridades oficiales y no oficiales -en Ucrania civiles armados, a veces borrachos, montan puntos de control en la carretera-, decidir el uso de determinadas aplicaciones de teléfono y fijar un horario de comunicación con la redacción, y un etcétera que es casi infinito pero que es crucial porque el plan siempre acabará rompiéndose, pero es una base estable sobre la que funcionar.

«Hay muchas veces que pese al plan el instinto es el que manda -dice Ken-. Hace unos meses un miembro de nuestro equipo circulaba con unos periodistas por una carretera cerca del frente en Ucrania, y su instinto le decía que algo iba mal. Le dijo al conductor que buscase una carretera alternativa, que no debían continuar por ese camino. Unos 30 minutos después los rusos atacaron donde ellos habían estado. Les salvó su instinto. Se debe confiar en él».