Por: Francisco Luciano
En muchos lugares no se comprende la actitud del pueblo cubano. “Sufren porque quieren”, “el bloqueo no existe”, repiten. Y los mismos que lo imponen afirman a voz en cuello: “No tienen ningún bloqueo, solo son víctimas de la incapacidad de su gobierno y la prueba de que ese sistema no funciona”.
Lo repiten tanto que muchos terminan creyéndolo. Otros lo difunden en el mundo —y especialmente en mi país— no porque lo crean, sino porque comulgan con el capitalismo más brutal y actúan como dóciles servidores de la principal superpotencia.
Pero si el bloqueo no existe, ¿por qué el gobierno de Estados Unidos sanciona, persigue y acosa a todo el que se atreve a comerciar con Cuba? ¿Por qué utiliza sus buques y su poderío para impedir que lleguen petróleo, medicinas y alimentos? ¿Por qué se empeña en evitar que Cuba venda lo que produce y puede vender?
Y entonces vuelve la misma pregunta: ¿por qué este pueblo sigue padeciendo, sufriendo y, aun así, defendiendo su derecho a la soberanía y denunciando el bloqueo?
La respuesta la explica con claridad Juan Almodóvar, joven ingeniero agrónomo de 26 años egresado de la Universidad de La Habana:
«Conocemos nuestra historia y sabemos lo que ha costado esta Revolución. Somos herederos de Martí y Maceo. Por eso entendemos que *los principios no se negocian y que la dignidad de un pueblo no se vende*».
Mientras lo dice, me mira a los ojos con ese brillo de esperanza propio de los cubanos y agrega, sereno:
«Desde antes de que yo naciera, nos venimos preparando para la *opción cero*»: el plan de resistencia extrema ante la posibilidad de quedar sin petróleo ni suministros externos, un escenario de máxima austeridad y autosuficiencia total diseñado para resistir lo peor sin rendirse.
Solo los cubanos tenemos derecho a decidir qué sistema político, económico y social queremos para autogobernarnos. Respetamos el derecho soberano de Estados Unidos a negociar y relacionarse con quien desee, pero rechazamos enérgicamente que condicione, presione o chantajee a terceros países para que actúen según sus intereses.
Le pregunto entonces qué pasaría si Estados Unidos decidiera intervenir militarmente para imponerse. Juan respira profundo, me mira fijamente y responde con serenidad:
«Ojalá nunca lo hagan, porque todos lo lamentaríamos. Aunque con su poderío militar y tecnológico es probable que lo logren, créeme: tendrían que hacerlo navegando en mares de sangre de sus soldados y de nuestro pueblo, porque los cubanos nunca nos rendiremos».
El autor es docente universitario y dirigente político.






