Por Guarionex Concepción
Desde hace ya muchos años existe una proliferación de motociclistas que agreden a conductores en calles del Gran Santo Domingo.
Para esa camada de individuos que utilizan motocicletas parece no existir autoridades. Agreden con piedras, pedazos de bloques de cemento, palos y otras armas en su poder.
Esos delincuentes han matado varias personas y causado heridas graves a otras tantas. Sus acciones afectan a otra gran colectividad de motociclistas que van a sus trabajos o realizan trabajos en las motos, personas que no tienen nada que ver con estas acciones delictivas, pero utilizan el mismo medio de transporte por los mismos lugares.
Eso ha creado una animadversión de la sociedad contra ellos.
A todo esto, las autoridades parecen no contar con los medios para detener lo que ya es una epidemia. Andan como quiera, a las velocidades que deseen, metiendo ruido, atracando, dañando vehículos y matando. Si, matando.
Estás autoridades parece que no se fijan en el perfil delincuencial de quienes usan las motos, ni de lo que hacen. Se puede entender que cualquier persona común puede detectar a quienes violentan las reglas, normas y leyes en todo tipo de motos que manipulan.
Pero ya la copa ha sido rebosada. Es imperiosa la necesidad de que la sociedad tenga un respiro y de que se ponga un alto a esta plaga que deambula por dónde quiera.
Todo el que conduce un automóvil, el que tiene familiares que manejan en las calles y carreteras del país, vive con la angustia de que algo les pueda pasar.
¿Y entonces para qué pagamos a los agentes que deben frenar este descalabro? a los gerentes de las instituciones que deben enfrentar esta desgracia?
Veía a una señora ahogada en sollozos, porque fue a un cajero y al marcharse un motociclista le pidió dinero y le golpeó su vehículo con una piedra, en sus exigencias, poniendo en peligro su vida.
Es una vagabundería el hecho de que las autoridades se hagan de la vista gorda y dejen pasar, dejen hacer.
Tienen que asumir sus responsabilidades, porque no vivimos en una selva, dónde predomine la ley del más fuerte.
Hay que poner freno a estos delincuentes en motocicletas que enriquecen el desorden en el cual vivimos.
¡Basta ya! Hay que ponerse los pantalones y poner fin a la barbarie que nos está arropando, ante la indiferencia de autoridades que, podríamos pensar, más bien parecen cómplices de estos delincuentes, que entes entrenados para enfrentarlos y brindar paz a la sociedad.






