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martes, julio 21, 2026
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El poder de la lengua, ¿con ella edifico o destruyo?

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Por Emilia Santos Frias

Con sobrado buen juicio, un refrán popular reza que la lengua no tiene huesos, pero es lo suficientemente fuerte como para romper corazones. Lo que nos lleva a reflexionar acerca de una de las tantas paradojas del saber humano: la naturaleza desbocada de nuestras palabras, con las cuales, al tiempo de alabar a Dios, en la generalidad, también maldecimos al prójimo. Todo con la misma boca. Por eso, se afirma que aunque las personas podemos domesticar a los animales, incluso a las fieras más bravías, no logramos con la misma facilidad, dominar nuestra lengua.

Con ella podemos esparcir benevolencia o veneno. Esta clara evidencia de la falta de control humano y sus secuelas destructivas, son resaltadas en la Biblia, justo en el libro de Santiago, capítulo tres, versículo ocho. “Pero ningún hombre puede domar la lengua, que es un mal que no puede ser refrenado, llena de veneno mortal”. De allí se infiere que lengua aunque pequeñas pero poderosas: un freno para los caballos, el timón de un barco o una pequeña chispa que incendia un bosque. Destaca que, aunque es un miembro pequeño, tiene el poder de controlar toda nuestra vida, dirigir el rumbo de nuestras acciones y causar un daño tremendo si no se controla. “Les digo que, en el día del juicio, cada quien dará cuenta de su palabra ociosa, porque por tus palabras serás justificado, y por tus palabras serás condenado”.

Vemos el ejemplo de la lengua como medio de comunicación; vehículo de vital importancia; esencial en la construcción de realidades; transmisión de conocimientos. Esas experiencias del alma, de las que hablaba el polímata, Aristóteles. De igual forma, el pensador Nietzsche, alabó este órgano, por ser capaz de contribuir a mantener el orden y la supervivencia, gracias al lenguaje. Para la clase médica, la lengua humana es el órgano que da forma al sabor, al habla y a la vida. “…, además, es un espejo del estado general del cuerpo: infecciones, deficiencias nutricionales, alteraciones hormonales o enfermedades…, no solo nos permite saborear la vida, sino también expresarla. Cada palabra, cada sabor, cada respiración pasa por ella… silenciosa, incansable y esencial”.

Entonces, surge la siguiente interrogante: ¿por qué en este Siglo XXI, que tiene como carta de presentación avances agigantados en tecnología, ciencia y cultura digital, procuramos hacer desde la redes sociales, mal uso de la lengua?, ¿será verdad que es el castigo del cuerpo?, entonces, ¿tenemos una lengua larga, y manos escasas?, “…Pero lo que sale de la boca, del corazón sale; y esto contamina al hombre. Porque del corazón salen los malos pensamientos, los homicidios, los adulterios, las fornicaciones, los hurtos, los falsos testimonios, las blasfemias. Estas cosas son las que contaminan al hombre”, afirma el manual de instrucción de toda persona cristiana: la Biblia en su libro Mateo, capítulo 15, versículos del 18 al 20.

No sé en otros países pero en el mío, con el prolifero uso de audiograma o pódcast, como medio digital difundido por las principales plataformas de escucha: YouTube, Spotify, Apple, iOSi Voox…, pulula la vulneración a derechos inherentes. Algunos talentos, en la generalidad, hacen caso omiso al respeto a derechos humanos, fundamentales. Entre ellos, garantizar la buena reputación y el buen nombre: intimidad y honor. Constantes injurias, con las que se ofende; marcadas humillaciones y menosprecio.

La injuria es el delito preferido utilizado para lesionar el honor, y cada día lo comenten en las redes sociales quienes dan más importancia a obtener visualizaciones, views, y gran cantidad de recursos económicos, que ha generar contenido que oriente, informe, eduque y sea multiplicado por ser parte de las acciones de bien hacer. Los nuevos programas referentes al mundo del espectáculo están incurriendo en ello.

“… la lengua es un fuego, un mundo de maldad. La lengua está puesta entre nuestros miembros, y contamina todo el cuerpo, e inflama la rueda de la creación, y ella misma es inflamada por el infierno…, pero ningún hombre puede domar la lengua, que es un mal que no puede ser refrenado, llena de veneno mortal. Con ella bendecimos al Dios y Padre, y con ella maldecimos a los hombres, que están hechos a la semejanza de Dios. De una misma boca proceden bendición y maldición. Hermanos míos, esto no debe ser así. ¿Acaso alguna fuente echa por una misma abertura agua dulce y amarga? …”.

Por consiguiente, ¿cómo usar nuestra lengua para que sea el medio principal que transmita palabras que fomenten acciones, comportamientos positivos en todo nuestro entorno?. Se insiste, no hay nada fuera del hombre que entre en él, que le pueda contaminar; pero lo que sale de él, eso es lo que contamina…, si alguno tiene oídos para oír, oiga…

Todo lo de fuera que entra en el hombre, no le puede contaminar, porque no entra en su corazón, sino en el vientre, y es desechado en el inodoro…, pero, lo que del hombre sale, eso contamina al hombre. Porque de dentro, del corazón de los hombres, salen los malos pensamientos, los adulterios, las fornicaciones, los homicidios, los hurtos, las avaricias, las maldades, el engaño, la lascivia, la envidia, la maledicencia, es decir, el hábito de difamar, murmurar o hablar mal de otras personas, generalmente a sus espaldas, para dañar su reputación o buena imagen.

También, la soberbia; altivez y superioridad en la que una persona sobrevalora sus cualidades y menosprecia a los demás, la insensatez o falta de sentido común, que lleva a una persona a pensar o actuar de manera imprudente, irreflexiva, irresponsable. Todas estas maldades de dentro salen, y contaminan al hombre. Reitera en Marcos 7, de los sus versículos 15 al 23.

Si bien es cierto que tenemos la bendición como ser humano de tener libre albedrío; libertad para tomar decisiones, jamás debemos olvidar que asimismo, somos agentes morales. Por tanto, tenemos que soportar las consecuencias de nuestros actos. Si mentimos, difamamos, injuriamos, discriminamos…, sufriremos el resultado de esas acciones. No controlar la lengua forma parte de los pecados capitales.

De acuerdo al libro de Proverbios en su capítulo seis, versículos del 16 al 19, Dios aborrece seis acciones humanas, incluso siete: los ojos altivos, es decir, el orgullo y la arrogancia; la lengua mentirosa; las manos derramadoras de sangre inocente; el corazón que maquina pensamientos inicuos o intenciones malvadas; los pies presurosos para correr al mal; el testigo falso que habla mentiras; y el que siembra discordia entre hermanos.

Repito, iel que tenga oídos que oiga! Desde las redes sociales estamos propiciando enfermedades y aniquilando vidas. Por el uso y abuso que hacemos del lenguaje, yendo más allá de la vida pública a la privada. Mediante chismes y noticias falsas, manipulación emocional, formato engañoso, viralidad…

En ese aspecto, la Biblia también enseña, hace énfasis en que el lenguaje obsceno o vulgar no es correcto. “El apóstol Pablo exhorta a los creyentes a evitar las palabras corrompidas, el lenguaje soez y las bromas necias, recomendando en su lugar el uso de palabras que edifiquen, traigan gracia a quienes escuchan y den gracias a Dios”, se puede confirmar las afirmaciones previstas en Efesios 4:29 y 5:4, que con claridad meridiana prohíben explícitamente las malas palabras, tonterías y las vulgaridades, que tanto abundan hoy, e insta a cambiarlas por una actitud de gratitud.

De igual forma, nuestro libro sagrado en Colosenses 3:8, nos exhorta abandonar toda clase de lenguaje ofensivo o insultos; la ira, enojo, malicia…, así que, como vemos, proferir malas palabras es pecado, y refleja la contaminación del corazón. Por tanto, es preciso utilizar la lengua, nuestro lenguaje para pronunciar palabras que edifiquen a la sociedad, que sean de bienestar a las naciones.

En ese orden, mis amables lectores, concluyo desde el amor, recordándonos una cita fundamental sacada de Santiago 4: 17: “al que sabe hacer lo bueno y no lo hace, le es pecado. Que nuestra lengua sea hoy, mañana y siempre, instrumento de edificación y gracia. De ninguna forma usada para herir, más bien, para hablar con sabiduría, bendecir y comunicar vida, porque en ella no existe más la raíz de amargura, sino, amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre y templanza.

Hasta pronto.
La autora reside en Santo Domingo
Es educadora, periodista, abogada y locutora.
santosemili@gmail.com

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