Por. Danilo Feliz Medina
Una reflexión sobre el tiempo, la misión que nos corresponde y la huella que dejamos en el mundo
Mi padre solía decirme una frase que, con el paso de los años, ha adquirido para mí un significado cada vez más profundo: “Hijo, desde que nacemos tenemos una fecha de caducidad; mientras tanto, cada uno de nosotros tiene una tarea que cumplir.”
La vida, aunque muchas veces actuemos como si fuera interminable, tiene un principio y un final. En algún momento nacemos y, en otro momento que desconocemos, partimos. Entre esas dos fechas se encuentra nuestra historia, nuestro aprendizaje, nuestras decisiones, nuestros aciertos y también nuestros errores.
En muchas culturas, cuando una persona muere, suelen colocarse dos fechas separadas por un pequeño guion: 1975–2026. A primera vista parece apenas un signo entre dos números. Sin embargo, ese guion representa mucho más: representa toda una vida. Allí están los sueños, las luchas, los abrazos, las lágrimas, los logros, las decepciones, las personas que amamos, las oportunidades que aprovechamos y aquellas que dejamos pasar.
Mi padre también decía que cada persona tiene un “guion” que escribir y que, al final, de cada uno dependerá la calificación que el mundo le asigne. Algunos pasarán con buenas notas; otros quizá no obtengan la calificación que esperaban. Pero lo importante es comprender que mientras estamos vivos tenemos la oportunidad de escribir, corregir y mejorar nuestro guion.
Cada ser humano tiene la posibilidad de hacer el bien o el mal. Podemos construir o destruir, ayudar o ignorar, sembrar esperanza o dejar indiferencia. Nadie está exento de equivocarse, pero tampoco nadie está privado de la oportunidad de cambiar el rumbo de su historia.
Por eso, no debemos olvidar que cada uno de nosotros tiene una misión que cumplir. Tal vez esa misión sea formar una familia, educar a un hijo, servir a los demás, desarrollar una profesión, ayudar a quien lo necesita, crear una empresa, enseñar, liderar, sanar una herida o simplemente hacer que la vida de quienes nos rodean sea un poco mejor.
La verdadera pregunta no debería ser solamente cuánto tiempo nos queda, sino qué estamos haciendo con el tiempo que tenemos.
Mi padre repetía: “Hijo, haz que tu guion sea fructífero y duradero en el mundo.” Hoy entiendo que no hablaba de vivir eternamente, porque nadie puede hacerlo. Hablaba de dejar una huella que sobreviva a nuestra presencia: una enseñanza, un ejemplo, una obra, un gesto de solidaridad, una palabra que alguien recuerde o una vida que haya sido mejor gracias a nuestro paso por ella.
Al final, todos tendremos un guion. Todos tendremos dos fechas. Lo que no sabemos es cuál será la segunda.
Por eso, mientras escribimos ese guion, hagámoslo con responsabilidad, con propósito y con amor. Procuremos que nuestras decisiones de hoy sean motivo de orgullo mañana. Que nuestras acciones hablen bien de nosotros cuando ya no estemos presentes.
Porque la vida no se mide únicamente por los años que aparecen entre dos fechas. Se mide por lo que hicimos con ellos.
Y cuando llegue el momento de cerrar nuestro guion, ojalá quienes nos conocieron puedan decir:
“Vivió. Cumplió su misión. Hizo el bien. Y dejó el mundo un poco mejor de como lo encontró.”



