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sábado, septiembre 12, 2026
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La ideología como práctica

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Hacia el fortalecimiento del pensamiento progresista, democrático e inclusivo en el partido político contemporáneo

Por Valentín Ciriaco Vargas

A: Antonio Florián, Secretario General de Fuerza del Pueblo y Pedro Pablo Díaz, de la Dirección Política. Amigos y camaradas entrañables.

«Los filósofos no han hecho más que interpretar de diversos modos el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo.»
Karl Marx, Tesis sobre Feuerbach (1845)

I. Introducción: la ideología en tiempos de incertidumbre

Los partidos políticos declaran valores, pero rara vez los articulan como ideología viva. Vivimos una época de eslóganes huecos, donde las palabras se repiten con la misma frecuencia con que se desgastan. El vaciamiento ideológico convierte «progresismo», «democracia» e «inclusión» en términos sin anclaje material: se pronuncian en cada discurso, se imprimen en cada bandera, pero rara vez se practican en la reunión de base donde realmente se decide algo.

Este texto parte de una convicción sencilla: el marxismo se asume aquí no como catecismo, sino como método para pensar mejor lo que ya defendemos. Es una guía para la acción, no un dogma que se recita de memoria. Fortalecer la ideología interna de un partido exige entenderla como práctica material de articulación de intereses, no como propaganda dirigida hacia afuera. La ideología, bien entendida, no es el maquillaje de una organización política; es su esqueleto.

El objetivo de estas páginas es ofrecer herramientas conceptuales, accesibles y no académicas, para que dirigentes y militantes comprendan el porqué de sus propios postulados. No se trata de enseñar teoría por la teoría misma, sino de dotar a cada militante de las preguntas correctas: ¿por qué defendemos esto? ¿A quién beneficia? ¿A quién le cuesta que lo defendamos? La referencia al partido será implícita a lo largo del texto: el «nosotros» es el sujeto político progresista que se reconoce en el espejo de estas líneas, con sus aciertos y también con sus contradicciones no resueltas.

Porque ninguna organización política está exenta de ese vaciamiento. La pregunta no es si nos ha ocurrido, sino cuánto y dónde. Ese es el trabajo que sigue.

II. Marco teórico: ¿qué es la ideología desde el marxismo?

Antes de diagnosticar, necesitamos herramientas. Cinco pensadores nos ofrecen lentes distintas, complementarias, para mirar la ideología no como una idea abstracta, sino como una fuerza material que organiza la vida de un partido.

Marx y Engels nos enseñan que la ideología es, en primer lugar, una inversión de la realidad. En La Ideología Alemana sostienen que las ideas dominantes de una época son las ideas de la clase dominante, y que la conciencia refleja la realidad material, pero a veces la invierte, como sucede en una cámara oscura donde la imagen aparece cabeza abajo. Sin embargo, Marx también habla de una «ideología proletaria» como conciencia verdadera orientada a la emancipación. No toda ideología es velo engañoso: puede ser también brújula de transformación, siempre que esté anclada en los intereses reales de quienes la sostienen.

Engels, en su carta a Franz Mehring de 1893, añade una advertencia decisiva: la «conciencia espuria» es la de aquel dirigente que ignora los motivos reales que impulsan su propio pensamiento, que cree actuar por principio cuando en realidad actúa por comodidad, por costumbre o por conveniencia. Esa advertencia es, ante todo, una herramienta de autocrítica que cualquier dirigente debería llevar consigo a cada reunión.

Gramsci, por su parte, concibe al partido como constructor de hegemonía. La hegemonía no es solo fuerza, es fuerza más consentimiento: se gobierna mejor cuando se ha convencido, no solo cuando se ha vencido. El partido no es una simple máquina electoral que se activa cada cuatro años, sino lo que Gramsci llamó el «Príncipe Moderno»: una institución llamada a dirigir a la sociedad, no solo a administrarla desde el poder. Su tarea central, insiste Gramsci, es formar intelectuales orgánicos que vinculen teoría y práctica desde adentro, que piensen desde la militancia cotidiana y no desde una torre de marfil ajena a los problemas reales de la gente.

Althusser profundiza esta idea desde otro ángulo, y su advertencia es quizás la más incómoda de todas para una organización política. Los Aparatos Ideológicos del Estado, la escuela, los medios de comunicación, la familia, la iglesia, incluso el sindicato, reproducen cotidianamente la ideología dominante sin que haga falta un solo decreto ni una sola orden explícita. No se trata de una conspiración, sino de un funcionamiento estructural: cada institución, simplemente al operar con normalidad, transmite una forma de ver el mundo que beneficia al orden existente.

Si el partido no construye sus propios aparatos, espacios de formación, medios de comunicación propios, una cultura militante con símbolos y rituales que le pertenezcan, no está en una posición neutral frente al adversario. Está cediendo el terreno simbólico sin dar batalla, dejando que sean las instituciones del orden establecido las que eduquen a sus propios militantes fuera de las horas de reunión. Un partido que solo existe los días de asamblea ha renunciado, sin advertirlo, a disputar la conciencia cotidiana de su propia gente.

Eagleton añade una luz incómoda a este cuadro: la ideología naturaliza lo histórico. Presenta el orden actual como inevitable, como «lo que siempre ha sido» y, por lo tanto, como lo que siempre será. Esta es quizás la función más silenciosa y más eficaz de toda ideología dominante: no necesita mentir, le basta con lograr que lo construido parezca natural.

Cuando alguien dice que la desigualdad «siempre ha existido» o que cierta jerarquía «es solo el orden natural de las cosas», no está describiendo un hecho biológico, está reproduciendo, quizás sin saberlo, una operación ideológica de libro de texto. Eagleton nos recuerda que toda estructura social que hoy parece obvia fue, en algún momento, una construcción disputada, defendida por unos e impugnada por otros. Lo que la ideología dominante logra es borrar esa memoria del conflicto, dejando solo la fachada de lo evidente.

Nancy Fraser, finalmente, nos ofrece el diagnóstico más afilado para nuestros días: el «neoliberalismo progresista». Cuando un partido abraza las demandas culturales e identitarias, la inclusión, la diversidad, el reconocimiento de género, pero abandona las demandas económicas, la redistribución, la protección social, la transformación estructural del poder, no está siendo progresista: está siendo cooptado por el propio orden que dice combatir. El resultado, en palabras que resuenan con fuerza en nuestro contexto, es reconocimiento progresivo acompañado de redistribución regresiva. Se avanza en discurso mientras se retrocede en estructura.

La pregunta que Fraser nos deja no es cómoda: ¿hemos caído nosotros también en ese «culturalismo truncado» que ella denuncia, celebrando victorias simbólicas mientras la desigualdad material permanece intacta?

Cinco lentes, una sola pregunta de fondo: si las aplicamos sobre nosotros mismos, sin indulgencia y sin autocomplacencia, ¿qué es lo que realmente vemos?

III. Diagnóstico: autocrítica, los tres pilares en riesgo de vaciamiento

Conviene decirlo con toda claridad antes de continuar: esto es una autocrítica del propio partido, no una crítica al adversario. Es mucho más fácil señalar la ideología ajena que examinar la propia. Los tres riesgos que siguen se leen a la luz de Fraser, y cada uno merece ser mirado sin la comodidad de la excusa.

El primer riesgo es el progresismo sin transformación estructural. Corremos el peligro de caer en el «neoliberalismo progresista»: confundir progresismo con modernización tecnológica o con discurso identitario desanclado de la redistribución del poder económico. La pregunta incómoda es esta: ¿progresamos en apariencia mientras las estructuras de desigualdad permanecen intactas? ¿Defendemos el reconocimiento pero olvidamos la redistribución?

Pensemos en un caso plausible: un partido moderniza su comunicación, adopta un lenguaje inclusivo en todos sus documentos oficiales y se presenta como vanguardia digital, mientras sus políticas económicas concretas, cuando llega al gobierno o negocia en el parlamento, no alteran en nada la concentración de la riqueza ni la precariedad laboral de su propia base social. El lenguaje cambia; la estructura, no.

El segundo riesgo es la democracia sin democratización del poder. Reducir la democracia a elecciones periódicas es quedarse en la paridad formal sin poder real. Cabe entonces preguntarse: ¿dónde se toman realmente las decisiones que afectan a la militancia? ¿Quién habla y quién calla en las reuniones?

Un ejemplo que muchos militantes reconocerán sin esfuerzo: una dirección territorial celebra asambleas abiertas y participativas, con votaciones formales sobre cada propuesta, pero las decisiones importantes, los nombres en las listas, las alianzas estratégicas, el rumbo programático, ya fueron acordadas antes, en una reunión reducida a la que la militancia de base nunca fue invitada. La asamblea existe, pero decide sobre lo que ya estaba decidido.

El tercer riesgo es la inclusión sin justicia distributiva. La inclusión puede convertirse en gesto simbólico o en representación visual, sin cambio alguno en la estructura de oportunidades.

Un dirigente puede declarar con orgullo que el partido es inclusivo porque tiene mujeres en la dirección, pero los primeros puestos de decisión, la secretaría general, las candidaturas con posibilidades reales, el manejo del presupuesto, siguen reservados, en la práctica, para hombres. Queda entonces la pregunta: ¿el reconocimiento que exhibimos hacia afuera viene acompañado de una redistribución real del poder hacia adentro?

Tres riesgos, un mismo patrón: la forma avanza mientras el fondo se queda quieto. Y ese patrón, si no se nombra, se repite indefinidamente, disfrazado cada vez con un vocabulario más actualizado.

IV. Propuesta: cómo fortalecer la ideología interna

Diagnosticar sin proponer es una forma cómoda de la parálisis. Estas son cuatro tareas concretas, no una lista de buenas intenciones.

La primera tarea es la formación ideológica como formación de cuadros. No se trata de adoctrinamiento, sino de comprensión materialista de cada postura: ¿por qué defendemos esto? ¿A qué intereses responde? Debemos advertir, con honestidad, el riesgo de que la «formación» se deslice hacia el dogmatismo. Hay que distinguir siempre la formación crítica del catecismo: la primera enseña a preguntar, el segundo enseña a repetir. Un militante bien formado no es aquel que puede citar de memoria a cinco autores, sino aquel que puede explicar, con sus propias palabras, por qué el partido defiende lo que defiende.

La segunda tarea es la construcción de hegemonía interna, convirtiendo al partido en una verdadera «escuela de cuadros». Debates regulares, estudios colectivos, vínculo genuino con los movimientos sociales que no se limite a la fotografía compartida en redes. La hegemonía se construye desde abajo, no se decreta desde arriba con una circular. Y debe incluir mecanismos de acogida ideológica para quienes llegan sin bagaje teórico previo, sin abrumarlos, sin exigirles que ya sepan lo que aún no han tenido la oportunidad de aprender. Un partido que solo forma a quienes ya vienen formados no está formando a nadie: está simplemente reconociéndose a sí mismo en el espejo.

La tercera tarea es crear aparatos ideológicos propios, retomando directamente la advertencia de Althusser. Una revista o boletín digital, una escuela de formación presencial o virtual, un podcast, comunidades de debate en redes, círculos de estudio híbridos que combinen la presencialidad territorial con el alcance digital. Lo importante, más allá del formato elegido, es la narrativa propia: contar nuestra historia con nuestras palabras, no con el vocabulario prestado del adversario. Cada vez que usamos categorías ajenas para describir nuestros propios logros o nuestras propias derrotas, estamos, sin darnos cuenta, entregando ese terreno.

La cuarta tarea es vigilar la naturalización, retomando ahora a Eagleton. Debemos desnaturalizar de forma sistemática, mostrar que las desigualdades son históricas, no inevitables, que fueron construidas y que, por lo tanto, pueden ser deconstruidas. En la práctica cotidiana, cuando alguien dice «eso es así porque siempre ha sido así», el militante formado debe poder responder, sin arrogancia pero con firmeza, que es así porque alguien lo construyó en un momento concreto, defendiendo un interés concreto, y que lo construido puede deconstruirse con la misma determinación con que fue construido.

El lingüista francés Henri Meschonnic ofrece, desde otra disciplina, una confirmación de esta misma idea. Para él, la ideología no actúa principalmente como un contenido que se declara, sino como una forma de usar el lenguaje que se naturaliza hasta volverse invisible: un modo de nombrar el mundo que termina pareciendo la única manera posible de nombrarlo. Esto es, en el fondo, la misma advertencia que Althusser hace sobre las instituciones y que Eagleton hace sobre la historia: la ideología más eficaz no es la que se impone por decreto, sino la que se vuelve costumbre. Un partido que repite sus consignas sin revisar el lenguaje con que las repite corre el riesgo de reproducir, sin saberlo, la misma naturalización que dice combatir.

Cuatro tareas, un mismo eje: la ideología no se defiende declarándola, se defiende practicándola todos los días, en cada espacio donde el partido efectivamente respira.

V. Conclusión: la ideología como tarea cotidiana

Marx escribió que los filósofos se habían limitado a interpretar el mundo de diversos modos, cuando de lo que se trataba era de transformarlo. Ese mismo principio vale, quizás con más urgencia todavía, para la ideología de un partido: no basta con interpretarla correctamente en un documento, en un congreso o en un artículo como este. La ideología no se lee una vez; es práctica diaria de interpretación y acción. Fortalecerla no es dogmatizar, es darle cuerpo, día tras día, a los valores que declaramos en cada comunicado.

La línea de acción inmediata es concreta y puede empezar mañana mismo: hagamos una sola pregunta antes de aprobar cualquier propuesta en las Direcciones de Base y Media. ¿A qué intereses concretos responde esto, y a quién beneficia o perjudica realmente? Una sola pregunta, repetida con disciplina, puede hacer más por la coherencia ideológica de un partido que diez documentos programáticos guardados en un cajón.

Esto no es tarea de la dirección nacional solamente. Es tarea de cada militante que quiera que sus valores dejen de ser eslóganes y se conviertan en algo que pueda tocarse, verificarse, exigirse. La ideología, entendida así, deja de ser un adorno discursivo para convertirse en lo que siempre debió ser: el instrumento con que un partido no solo interpreta su propio tiempo, sino que se atreve a transformarlo.

El partido que no piensa, no transforma. Y el que no transforma, deja de ser progresista.

Bibliografía:

Marx, K. y Engels, F. La Ideología Alemana (1845-1846).

Engels, F. Carta a Franz Mehring (14 de julio de 1893).

Gramsci, A. Cuadernos de la cárcel (1929-1935).

Althusser, L. Ideología y aparatos ideológicos del Estado (1970).

Eagleton, T. Ideología, una introducción (Verso, 1991).

Fraser, N. «El final del neoliberalismo progresista» (2017), Dissent Magazine / Sin Permiso.

Fraser, N. y Jaeggi, R. Capitalismo: una conversación desde la teoría crítica (Polity Press, 2018; trad. esp. Ediciones Morata, 2019), para la fórmula «reconocimiento progresivo y redistribución regresiva».

Meschonnic, H. Crítica del ritmo (1982); Política del ritmo, política del sujeto (1995).fl.

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