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miércoles, septiembre 16, 2026
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La crisis tiene rostro

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Entre el crecimiento que muestran las cifras y la realidad que vive la gente

Profesor Valentín Ciriaco Vargas

«La crisis tiene rostro porque detrás de cada indicador hay una persona.»

Hay un país que aparece en los informes y otro que se camina por la calle.
En el primero, la economía dominicana crece, la pobreza monetaria retrocede en los registros oficiales y los indicadores macroeconómicos se presentan como motivo de orgullo.
En el segundo, el que se ve en los mercados, en las farmacias, en las paradas de transporte y en los negocios que cierran tras un apagón, una parte importante de la población experimenta una realidad muy distinta a la que describen las cifras.

No se trata de negar los datos oficiales, sino de preguntar qué significan cuando no se traducen suficientemente en bienestar cotidiano. El costo de la canasta familiar, la pérdida del poder adquisitivo, los apagones, la inseguridad, las dificultades del transporte, los problemas de salud, las dudas sobre la calidad educativa, el deterioro de los servicios públicos, la corrupción y el endeudamiento no son quejas aisladas: son las grandes expresiones de una crisis que convive, incómoda, con el discurso del progreso. Esta crónica no busca sustituir las estadísticas, sino ponerles rostro.

Cuarenta y cinco años viendo pasar la economía

Julito lleva 45 años vendiendo frutas en los alrededores de uno de los ministerios más grandes del país. Ha visto pasar gobiernos, reformas y anuncios de crecimiento. Hoy vende el guineo maduro a diez pesos, el pedazo de piña a cincuenta, el plato de frutas a cien, y ve, día tras día, cómo a la gente le cuesta cada vez más comprar algo tan sencillo como fruta fresca.

«Ese cacareado aumento del PIB no se refleja en el bolsillo de los pobres», dice, sin levantar la vista del puesto. Para él, la clase media prácticamente ha desaparecido.

«No soy economista», agrega, «pero no hay que serlo para describir la situación que estamos viendo.»

En Julito empieza a dibujarse el contraste entre la economía de las estadísticas y la economía de la vida diaria.

Una vejez que el trabajo no alcanzó a proteger

Daniel manejó un taxi durante buena parte de su vida. Ya no puede trabajar: la salud y la economía se lo impiden. Su esposa tampoco.

Entre los dos reciben veinte mil pesos mensuales de pensión, diez mil cada uno, y solo llegan a fin de mes gracias a la ayuda de sus hijos.

«Esto no lo aguanta nadie», resume.

Su caso no es excepcional: es el retrato de un sistema de pensiones que, para muchos dominicanos mayores, no garantiza una vejez digna después de toda una vida de trabajo, y que traslada silenciosamente esa carga a la siguiente generación.

Una juventud que ni siquiera puede comenzar

Ana tiene 21 años y busca su primer empleo. Le piden diez años de experiencia. «Tengo 21 años y este sería mi primer empleo.

¿Cómo quieren que tenga diez años de experiencia?», pregunta, y su pregunta resume el drama de miles de jóvenes dominicanos atrapados entre el desempleo, el subempleo y una precariedad laboral que empuja a muchos hacia la migración.

La duda que deja Ana no es solamente laboral: es qué futuro le está ofreciendo el país a quienes recién comienzan.

Cuando los apagones se llevan un negocio

Julio Tamayo lo perdió todo. «Los apagones me llevaron el negocio», dice, sin adornos.

Para un pequeño empresario, cada interrupción eléctrica no es una cifra en el reporte de una distribuidora: es inventario dañado, clientes perdidos, inversión familiar que se esfuma y, muchas veces, el fin de un proyecto de años. El apagón deja de ser un problema técnico y se convierte en pérdida concreta de patrimonio y de esperanza.

Cuando las remesas ya no alcanzan

Desde Madrid, Plinia envía dinero cada mes a su familia en Fondo Negro, Barahona. Antes, esas remesas permitían a los suyos «bandearse» durante el mes. Ahora escucha del otro lado: «Plinia, hija, lo que mandaste no alcanza ni para comprar un galón de aceite.»

Y eso que la diáspora dominicana envía más dinero que nunca: solo entre enero y julio de 2026, las remesas sumaron US$7,316.4 millones, un 6.4 % más que en igual período del año anterior, y el Banco Central proyecta que el año cierre por encima de los US$12,200 millones.

La paradoja es cruda: mientras el monto total crece, el poder de compra de cada envío se erosiona. La crisis dominicana, entonces, no termina en la frontera: viaja también con la diáspora, que ve cómo su esfuerzo mensual compra cada vez menos para quienes se quedaron.

Cuando la enfermedad se encuentra con el precio

Marcia tiene poco más de treinta años. Su madre padece cáncer. La encontraron sentada en una farmacia de la capital, llorando, porque no podía pagar los medicamentos que su madre necesitaba. «Se me muere mi madre… ¡qué impotencia!», dijo.

La salud no puede medirse únicamente por cuántas personas tienen una tarjeta o están afiliadas a un sistema: también debe medirse por la posibilidad real de curarse.

Entre la cobertura formal y la capacidad real de comprar un tratamiento existe una distancia que, para Marcia, se mide en vidas.

Educación: el 4 % y la pregunta por los resultados

Durante años, República Dominicana ha destinado el 4 % del PIB a la educación preuniversitaria, además de préstamos vinculados a infraestructura y programas educativos. La pregunta obligada es si ese esfuerzo se traduce en resultados proporcionales.

Los resultados de PISA 2025, conocidos hace apenas unos días, ofrecen una respuesta matizada. Frente a 2018, el país muestra una mejora real en las tres áreas evaluadas, especialmente en Ciencias, donde pasó de 336 a 361 puntos.

Es el argumento que privilegia el discurso oficial. Pero frente a 2022, la comparación más exigente y la que menos se menciona, el panorama es distinto: en Ciencias el país se mantuvo prácticamente igual (de 360 a 361 puntos), en Matemática no hubo variación (339 puntos en ambos años) y en Lectura se registró un descenso, de 351 a 346 puntos.

La OCDE considera que ninguna de esas variaciones recientes es estadísticamente significativa, y el país sigue, además, muy por debajo del promedio de la organización en las tres materias. (Sobre este tema, remito al lector al análisis que dediqué en este mismo periódico el 9 de septiembre de 2026 a los resultados de PISA 2025 y su reflejo en República Dominicana.)

La pregunta no es si ha habido avances de largo plazo, que los hay, sino por qué una inversión sostenida de esa magnitud no logra traducirse en un salto reciente ni en un desempeño competitivo a nivel internacional.

Los recursos invertidos y los resultados obtenidos todavía no se corresponden.

Cuando el miedo entra en la casa

Sergia es madre soltera de cuatro hijos. Su miedo ya no es abstracto: «Yo ya no tengo miedo solamente de que me atraquen a mí. Tengo miedo de que un día uno de mis hijos no llegue a casa.»

En su testimonio, la inseguridad ciudadana deja de ser una cifra policial y se convierte en lo que realmente es para miles de familias dominicanas: una madre esperando, cada noche, que sus hijos regresen.

El ciudadano frente a un Estado que se deteriora

Juana Toribio reside en el exterior. Durante una visita al país fue a renovar su licencia de conducir: llegó un día después de su cumpleaños y tuvo que pagar 800 pesos de mora. Además, aparecieron dos multas, una de 2024 y otra de 2025, de 1,700 pesos cada una, sin que ella supiera bien por qué.

Un empleado le aconsejó, con resignación: «Por experiencia, le resulta mejor pagar la mora y las multas; las reclamaciones pocas veces prosperan.» El mismo empleado le contó el caso de otro dominicano en el exterior al que le aparecieron siete multas por 39,000 pesos, y que solo tras reclamar consiguió reducirlas a 19,000.

Casos como el de Juana no son anecdóticos: reflejan el deterioro progresivo de servicios públicos básicos durante la actual gestión de gobierno, y una relación entre el ciudadano y la administración pública marcada por la desconfianza más que por la garantía de derechos.

La economía de las cifras frente a la economía del bolsillo

Aquí se concentra el núcleo del problema. Por un lado, el crecimiento del PIB y del IMAE (Indicador Mensual de Actividad Económica), la reducción de la pobreza monetaria y los indicadores macroeconómicos favorables.

Por otro, los alimentos, los salarios, las pensiones, los medicamentos, la electricidad, el empleo, los servicios y la inseguridad que se viven todos los días. No se trata de afirmar que el crecimiento económico es falso, sino de sostener que el crecimiento macroeconómico, por sí solo, no garantiza que el bienestar llegue de manera suficiente y equitativa a los hogares.

Julito ya lo había dicho: el cacareado aumento del PIB no se refleja en el bolsillo de los pobres.

¿De qué sirve una economía que crece si buena parte de la población no siente que su vida mejora en la misma proporción?
Deuda y servicios públicos: ¿qué recibe el ciudadano a cambio?

El Estado dominicano se ha endeudado de manera creciente. Al 31 de julio de 2026, la deuda del sector público no financiero alcanzó los US$67,827.8 millones, equivalentes al 48.2 % del PIB; de ese monto, US$48,115.8 millones corresponden a deuda externa. Si se suman los compromisos del Banco Central, la deuda pública consolidada ronda los US$83,800 millones.

El peso de esa carga ya se siente en el presupuesto: para 2026, el pago de intereses absorbe el 26.2 % de los ingresos tributarios, es decir, de cada cien pesos que el Estado recauda en impuestos, veintiséis se destinan solo a pagar intereses de la deuda, antes de tocar siquiera el capital.

La pregunta esencial no puede evitarse: si el país se endeuda cada vez más, ¿qué recibe concretamente el ciudadano a cambio? La respuesta debería verse en la electricidad que no se va, en la salud que sí cubre los medicamentos que necesita la madre de Marcia, en el negocio de Julio que no se apaga con la red eléctrica. La deuda no es solo una cifra contable: es la pregunta de qué sociedad se está financiando realmente.

Abinader-PRM frente a la realidad del país

Después de escuchar a Julito, a Daniel, a Ana, a Julio, a Plinia, a Marcia, a Sergia y a Juana, las preguntas deben dirigirse a quienes gobiernan. Reconocer lo que las cifras oficiales muestran cuando corresponde no exime al gobierno de Luis Abinader y del PRM de responder por qué persiste la sensación de crisis, por qué el crecimiento no produce una percepción equivalente de bienestar, por qué la población continúa enfrentando dificultades en áreas esenciales, y qué resultados concretos puede exhibir después de tantos recursos invertidos y tanta deuda contraída.

Esta responsabilidad política se plantea aquí, al final, como conclusión de la evidencia acumulada, no como punto de partida. La fuerza de este texto está, precisamente, en que primero hablaron los rostros de la crisis, y solo después habla el autor.

Conclusión: la crisis tiene rostro

Volvamos a Julito, a Daniel, a Ana, a Julio, a Plinia, a Marcia, a Sergia y a Juana. La crisis tiene rostro porque detrás de cada indicador hay una persona. Las estadísticas son necesarias, pero no sustituyen la realidad humana.

El PIB puede crecer, la pobreza puede disminuir en los registros oficiales, los indicadores pueden mejorar, pero la pregunta definitiva sigue siendo la misma: ¿cómo vive la gente?

Un país no puede medirse únicamente por la velocidad con que crece su economía, sino por la dignidad con que viven sus ciudadanos.

Y cuando demasiados ciudadanos sienten que la comida no alcanza, que el salario se evapora, que la medicina cuesta demasiado, que el apagón destruye el pequeño negocio, que el miedo acompaña a los hijos y que los servicios públicos no responden, entonces las cifras, por importantes que sean, tienen todavía una deuda con la realidad.

Porque la crisis tiene rostro. Y esos rostros son los que no pueden quedar fuera de ninguna cuenta nacional.

Nota:
Por razones de privacidad, los nombres utilizados en esta crónica son ficticios o han sido modificados, y algunos testimonios recogen situaciones compartidas por varias personas en circunstancias similares. Los casos responden a situaciones reales documentadas por el autor.

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