Por Felipe Lora Longo

Mientras el mundo tenía los ojos pegados a las pantallas viendo misiles cruzar el cielo de Oriente Medio, mientras Washington justificaba una guerra ilegal y sin provocación contra Irán bajo el pretexto de una seguridad regional que nunca ha existido para los pueblos de esa región, tres realidades incómodas desaparecían del debate público global: el genocidio en Gaza, el secuestro ilegal del presidente constitucional de Venezuela Nicolás Maduro, y el cruel, sistemático e ilegal embargo que el imperialismo norteamericano mantiene sobre Cuba desde hace más de seis décadas.

No es coincidencia. Es método.

El espectáculo bélico es también, y quizás principalmente, una cortina de humo. Cada vez que el Imperio necesita ocultar un crimen, fabrica un escándalo mayor. Y cuando no alcanza con la guerra, tiene a su disposición la maquinaria mediática más poderosa de la historia humana para hacer desaparecer lo que no conviene ver.

Pero Cuba sigue ahí.

Los números del asedio

El 22 de abril de 2026, el ministro cubano de Energía y Minas, Vicente de la O Levy, compareció en televisión nacional y ofreció una radiografía descarnada de la realidad energética de su país. No escondió nada. Dijo lo que pocos funcionarios en el mundo tienen el valor de decir públicamente: Cuba necesita ocho barcos mensuales de combustible para sostener su economía y su generación eléctrica. Desde el 8 de diciembre de 2025 hasta finales de abril de 2026 recibió uno.

Eso significa casi cinco meses con los tanques vacíos. Significa apagones de hasta 20 horas diarias en provincias como Holguín, Granma y Santiago de Cuba. Significa un déficit máximo de generación de 1,945 megavatios registrado el 1 de abril, frente a una demanda de 3,050 MW. Significa una isla operando al 50% de sus posibilidades reales, no por incompetencia ni por decisión propia, sino porque el Imperio decidió que así debía ser.

¿Cómo llegó Cuba a ese punto? El 3 de diciembre de 2025, fuerzas navales estadounidenses incautaron en aguas del Caribe el petrolero Skipper, que transportaba aproximadamente un millón de barriles con destino parcial a Cuba. Ese fue el primer eslabón visible de una cadena de asfixia que incluyó sanciones a navieras, presiones sobre productores de petróleo y amenazas a países terceros que se atrevieran a comerciar con la isla. El bloqueo no es solo una ley en los libros. Es una operación activa, cotidiana, global.

El bloqueo es un crimen que tiene nombre y apellido

La Asamblea General de las Naciones Unidas ha votado año tras año, con mayorías que rondan los 185 países, exigiendo el fin del embargo. No importa. Washington no tiene que obedecer a nadie. Relatorías especiales de organismos internacionales han documentado cómo este bloqueo afecta el acceso de la población cubana a alimentos, medicamentos, tecnología y energía, configurando, en derecho internacional, lo que, sin eufemismos, se denominaría una forma de guerra económica contra una población civil. Hay quienes, con sólido fundamento jurídico y moral, lo llaman genocidio.

El propio ministro cubano ofreció ejemplos concretos del alcance brutal de este asedio: Cuba no pudo acceder a un software industrial estándar para calibrar y arrancar una unidad de la termoeléctrica Carlos Manuel de Céspedes. Especialistas extranjeros que ya se encontraban en territorio cubano realizando trabajos técnicos recibieron una llamada telefónica y abandonaron el país de inmediato, una vez que sus empleadores fueron adquiridos por capital estadounidense. Son, dijo el ministro, «cientos y cientos de ejemplos».

Lo que no se puede comprar con dólares: la dignidad

Y aquí es donde la historia de Cuba deja de ser solo una tragedia y se convierte en una lección.

Frente a ese muro, Cuba no se paralizó. En 2025, con los tanques casi vacíos y los apagones multiplicándose, el país ejecutó un programa de recuperación del Sistema Electroenergético Nacional que elevó la generación distribuida de 350 a más de 1,000 megavatios disponibles. Aumentó la participación de energías renovables del 3% al 10% de su matriz eléctrica en un solo año. Frenó la caída sostenida de su producción petrolera nacional. Incorporó unidades térmicas estratégicas. Desarrolló alternativas tecnológicas nacionales, con participación de la industria militar y científicos cubanos, para sustituir los programas y equipos que el bloqueo les niega.

Cuando no pudieron comprar el software para arrancar una termoeléctrica, lo fabricaron.

Eso no es improvisación. Es soberanía tecnológica. Es lo que se construye cuando no tienes otra opción que confiar en tu propio pueblo.

La hoja de ruta energética cubana apunta a alcanzar el 24% de renovables en 2030, el 40% en 2035 —umbral que eliminaría la dependencia de importaciones de combustible— y la soberanía energética total con el 100% renovable en 2050. Mientras potencias con recursos infinitamente superiores debaten si es posible o conveniente hacer esa transición, Cuba la está trazando desde la pobreza inducida, desde el asedio, desde la falta de financiamiento internacional y a pesar de los más de 60 años del criminal y genocida embargo.

Un espejo para el Caribe

Nosotros, los dominicanos, tenemos razones propias para leer con detenimiento la experiencia cubana.

La República Dominicana importa más del 90% de su energía. Cada vez que los precios del petróleo se disparan —como ocurre hoy, en parte como consecuencia directa del conflicto en el Golfo Pérsico— nuestra factura eléctrica se infla, nuestros subsidios al combustible sangran el presupuesto, y los sectores populares pagan el precio. No tenemos bloqueo. Tenemos algo diferente: una dependencia estructural que nos hace igualmente vulnerables, pero sin el heroísmo que nace de la adversidad forzada.

Cuba, con bloqueo, con sanciones, con la flota de tanqueros inmovilizada, con los especialistas extranjeros huyendo, con los bancos cerrándole las puertas, está construyendo su soberanía energética. Nosotros, con acceso a todos los mercados, con financiamiento disponible, con litoral solar de primer nivel, seguimos atados a los vaivenes del precio del barril y a las decisiones de corporaciones energéticas que no tienen ningún compromiso con nuestro pueblo.

La pregunta no es retórica: ¿qué nos lo impide?

La islita que no se rinde

Hay una imagen que me persiste: La Habana iluminada durante cuatro días seguidos, a finales de abril de 2026, gracias a un solo cargamento de crudo ruso que llegó después de casi cinco meses de oscuridad casi total. La Embajada rusa en Cuba publicó fotos de la ciudad encendida con evidente orgullo. Y el ministro cubano, con la honestidad que escasea en los funcionarios de cualquier sistema político, dijo en televisión nacional: «No es mucho tiempo, Randy, no es mucho tiempo».

Esa frase lo dice todo. No hay ilusiones. No hay promesas vacías. Hay un pueblo que sabe exactamente cuál es su situación, que conoce la magnitud del asedio que enfrenta, y que sigue de pie.

Mientras la guerra contra Irán consumía los titulares del mundo, mientras Gaza seguía siendo bombardeada y Venezuela resistía el robo de su presidente, Cuba negociaba el próximo barco, reparaba sus termoeléctricas con piezas fabricadas en sus propios talleres, instalaba paneles solares en todas las policlínicas y para 171 niños electro-dependientes y, aún más importante, se preparaba para seguir existiendo.

A eso, en el Caribe, lo llamamos resistencia.

Y merece que, al menos, no dejemos que a Cuba la desaparezcan de las pantallas de nuestros celulares.