Por Francisco Luciano
El gobierno de Luis Abinader expulsó a un grupo de diplomáticos cubanos acreditados en República Dominicana sin ofrecer explicación pública. La Cancillería mantiene un silencio deliberado. Paralelamente, se filtró a través de Diario Libre una narrativa anónima: los funcionarios serían agentes de inteligencia de La Habana que, usando su estatus diplomático, realizaron actividades incompatibles con la Convención de Viena.
Versiones afines al Ejecutivo añaden un supuesto intento de secuestrar a un atleta cubano en los XXV Juegos Centroamericanos y del Caribe Santo Domingo 2026 para impedir su deserción.
Esta filtración no resiste el mínimo escrutinio. Carece de nombres, fechas, documentos o pruebas materiales. Las “altas fuentes” citadas omiten detalles y se apresuran a desvincular la medida de los cuatro atletas cubanos que permanecieron en el país, llamando la coincidencia “simple”. Si realmente hubieran detectado agentes actuando como policías en redadas o intentos de secuestro durante un evento internacional, el gobierno habría exhibido pruebas, convocado a la prensa y se habría presentado como defensor de la soberanía. Prefirió el secreto. Ese silencio es elocuente.
Quienes conocen la diplomacia cubana saben que la trama es inverosímil. Cuba ha mantenido, durante décadas y bajo hostilidad extrema, un estricto apego a la Convención de Viena de 1961. Sus misiones se caracterizan por sobriedad, profesionalismo y respeto a las leyes del país receptor. Convertir diplomáticos en agentes de secuestro en unos juegos regionales sería temerario, irracional y una violación flagrante de las normas que La Habana defiende para proteger a su propio personal. La fábula de “espías disfrazados de diplomáticos en redadas” parece más un guion de Netflix que realidad diplomática.
La versión cubana resulta coherente con los antecedentes regionales. El ministro Bruno Rodríguez rechazó “en los términos más enérgicos” la expulsión y la atribuyó al “sometimiento” de Santo Domingo a las presiones de Estados Unidos. El Minrex afirmó que los diplomáticos actuaron “en estricto apego a la Convención de Viena” y “con absoluto respeto a las leyes” dominicanas, subrayando que “no existe motivo alguno que justifique esta decisión”.
El patrón se repite. En Ecuador, el gobierno de Daniel Noboa expulsó diplomáticos cubanos; La Habana denunció presión estadounidense y sostuvo que sus funcionarios cumplieron las leyes locales. En Costa Rica, el 18 de marzo de 2026, Rodrigo Chaves cerró su embajada en La Habana y pidió la retirada de los diplomáticos cubanos. Invocó el “deterioro de los derechos humanos” y llegó a decir que había que “librar al hemisferio de los comunistas”. Cuba calificó la medida de arbitraria y la atribuyó, otra vez, a Washington.
El precedente más conocido es Estados Unidos. En 2017 expulsó primero a dos y luego a quince diplomáticos cubanos, invocando “incidentes de salud” y la necesidad de equivalencia en las misiones. El patrón es claro: aislamiento progresivo de Cuba mediante expulsiones o reducciones de legaciones, justificadas con derechos humanos, inteligencia o “protección”, y siempre atribuidas por La Habana a la presión estadounidense.
Desde su primer día, Abinader ha mantenido un alineamiento estrecho con Washington. Su gobierno muestra un giro a la derecha y una actitud de vasallaje en la política hacia Cuba. La expulsión silenciosa, seguida de una filtración anónima y sin pruebas, encaja en ese guion de aislamiento regional. La jauría mediática afín al PRM ha difundido la versión de Diario Libre como verdad establecida, convirtiendo una filtración sin sustento en relato oficial no oficial.
Si las autoridades dominicanas hubieran tenido evidencias reales de espionaje o secuestro, la lógica política les habría aconsejado hacerlas públicas. Presentar pruebas habría legitimado la medida ante una población que rechazó la expulsión, habría debilitado a Cuba y proyectado a Abinader como líder firme. Al optar por el silencio y la fábula mediática, revela un cálculo distinto: satisfacer exigencias externas sin asumir el costo de demostrarlas.
La narrativa de los “espías cubanos” que intentaban secuestrar atletas es solo una fábula construida a posteriori para amortiguar el rechazo popular. Carece de toda evidencia verificable. La versión cubana —presión de Estados Unidos y sometimiento dominicano— resulta más coherente con los antecedentes regionales, el alineamiento de Abinader y la conducta histórica de la diplomacia cubana. La trama de agentes disfrazados operando en redadas durante unos juegos pertenece a la ficción, no a la política internacional seria.
El autor es docente universitario y dirigente político.



