Por Danilo Feliz Medina
Detrás de cada título universitario hay una historia que pocas veces aparece escrita en el diploma. Hay años de sacrificio, noches de estudio, transporte, libros, matrículas y, sobre todo, familias que muchas veces hacen grandes esfuerzos económicos para que uno de sus miembros pueda alcanzar el sueño de convertirse en profesional.
Para muchos jóvenes dominicanos, graduarse representa la culminación de una etapa y el comienzo de otra: la esperanza de encontrar un espacio donde aplicar todo aquello que aprendieron durante años.
Pero es precisamente ahí donde, para algunos, comienza una nueva batalla.
El joven profesional llega a Recursos Humanos con su título bajo el brazo, orgulloso de haber cumplido con su familia y consigo mismo. Lleva consigo una expectativa legítima: “Ahora podré ocupar una posición relacionada con aquello para lo que me preparé”. Sin embargo, en ocasiones descubre que el título, por sí solo, no garantiza una oportunidad.
La realidad laboral puede ser mucho más compleja. Existen profesionales que permanecen en puestos que no corresponden con su preparación, otros que deben aceptar posiciones por debajo de sus expectativas y algunos que encuentran obstáculos relacionados con la experiencia, las competencias requeridas o factores ajenos a su preparación profesional.
No debemos desconocer que existe también un problema real de correspondencia entre la formación y las necesidades del mercado. La Encuesta Nacional de Actividad Económica (ENAE) 2024 de la Oficina Nacional de Estadística (ONE) estudia precisamente las necesidades de habilidades y cualificaciones de las empresas formales dominicanas.
Los números también nos invitan a reflexionar. Según el Anuario de Estadísticas Socio demográficas 2024 de la ONE, de las 270,996 personas en desempleo abierto, 71,459 tenían nivel universitario. Esto equivale aproximadamente al 26.4 % de las personas desempleadas bajo ese criterio.
Esto no significa que tener un título sea una desventaja. Todo lo contrario. Significa que como sociedad debemos preguntarnos si estamos logrando conectar adecuadamente educación, competencias y oportunidades laborales.
También hay otra realidad que debemos mirar de frente. En estudios anteriores de la ONE sobre necesidades empresariales, el 70.7 % de las empresas consultadas declaró haber tenido vacantes, y de ellas, el 42.5 % manifestó dificultades para encontrar candidatos adecuados. Entre las principales dificultades aparecieron la insuficiencia de habilidades técnicas, la falta de experiencia y la formación requerida.
Entonces surge una pregunta fundamental: ¿estamos formando profesionales para los empleos que existen, y estamos preparando a las empresas para aprovechar el talento que estamos formando?
Aquí también debemos ser cuidadosos. Cuando un profesional siente que no ha sido tomado en cuenta por razones políticas, personales o de relaciones, la frustración puede ser enorme. Sin embargo, no debemos convertir cada experiencia individual en una conclusión estadística sin evidencia. Lo que sí debemos defender es algo mucho más importante: que las oportunidades laborales sean cada vez más transparentes y que el mérito, las competencias, la experiencia y los resultados tengan un peso real en las decisiones de contratación y promoción.
Una sociedad que invierte en educación y después no encuentra espacios para aprovechar a sus profesionales está desperdiciando una parte importante de su propio capital humano.
Por eso, este artículo no pretende decirle al joven profesional que abandone sus sueños.
Todo lo contrario: pretende decirle que no permita que una primera decepción determine el valor de su carrera.
El título no es el final del camino. Es una herramienta. La verdadera carrera profesional comienza cuando el conocimiento adquirido en las aulas se convierte en resultados, soluciones, liderazgo, innovación y servicio.
A las empresas les corresponde abrir puertas al talento. A las universidades, acercar cada vez más sus programas a las necesidades reales del mercado. Al Estado, promover políticas que favorezcan la empleabilidad y la igualdad de oportunidades. Y al profesional, continuar preparándose, adquirir experiencia, desarrollar competencias y no renunciar a sus aspiraciones.
Porque detrás de cada título hay una familia que creyó, un estudiante que luchó y una sociedad que espera que ese conocimiento produzca frutos.
No podemos permitir que el título universitario se convierta en un símbolo de frustración. Debe seguir siendo lo que siempre soñamos que fuera: una puerta hacia un futuro construido con esfuerzo, mérito y oportunidades.



